Encabezados por Miguel atravesaron el pasillo que les condujo a una puerta de maderos ensamblados por gruesas vigas de hierro. No tenían salida, habría que volver atrás e intentarlo por el tragaluz que habían visto antes. Tuvieron que apilar varias cajas traídas de la habitación superior y construyeron una escalera por la que Miguel trepó y empujó la rejilla del ventanuco.
Salió a un patio trasero del convento. El agujero por el que había pasado estaba casi taponado por las hierbas y enredaderas. Ahora comprendió porqué nunca habían visto nada más que los viejos muros. El resto del convento se encontraba en una parte de la bajada de la loma y quedaba cubierto por la frondosidad del pequeño bosque. En el momento en que todos hubieron salido, se percataron de que faltaba muy poco tiempo para las siete, y si no se daban prisa llegarían tarde a casa. Se despidieron apresuradamente, no sin antes quedar para el próximo sábado en este mismo sitio.
Adrián y Alicia, al llegar a casa vieron que sus padres ya estaban preparados para cenar.
–¿No es muy tarde, Adrián? – preguntó su padre.
– No, papá, ahora son justo las siete.
–¿Cómo les ha ido el día? ¿Pescaron mucho?
Su padre, era el dentista del pueblo, y sus ratos libres lo dedicaba a ir de pesca, por lo que se pasaba el día arreglando los sedales, las cañas y haciendo preparativos con carnadas
– Pssch! Regular, no estaba bueno para pesca.
–Oye papá, ya que nos tienes prohibido ir a las viejas ruinas del convento, ¿por qué no nos hablas de él? ¿Tú crees que tienen algo que ver con la leyenda de los Templarios? –preguntó Adrián inocentemente.
Su padre se revolvió inquieto en la silla y carraspeó:
–No lo creo –contestó muy serio. El convento es una obra posterior a los Templarios, debe tener pocos cientos de años y siempre estuvo habitado por monjes hasta que, por la guerra, tuvieron que dejarlo
–No habrán estado allí ¿verdad?
–No, papá, pero cuéntanos algo sobre él. ¿Qué fue lo que pasó?
–Eso fue hace mucho tiempo, siglos, pero la historia no la sé exactamente, sólo sé que mis padres me tenían prohibido acercarme por allí. Decían que el lugar no era bueno.
–¿Tu obedeciste papá?
–¡Por supuesto! –contestó el padre, mirando de reojo a su esposa y sonrojándose un poco. Lo que no les contó a sus hijos es que una vez se había cagado los calzones cuando pasó por delante de las ruinas del convento y oyó unos aullidos que le erizaron los pelos. En ese momento le pareció, debido a su corta edad, que eran los gritos de algún fantasma, pero más tarde, ya mayor, lo identificó como el aullido de algún perro.
–¡Claro! –Insistió. Yo siempre obedecía a mis padres, así que lo que ustedes tienen que hacer es no acercarse por allí. ¿De acuerdo chicos?
–Desde luego, papá –contestaron los dos a la vez mirándose de forma furtiva.
Después de cenar, los dos hermanos subieron a sus habitaciones y allí se pusieron a hablar de todo lo que les había pasado ese día.
–¿Fue emocionante, verdad? –dijo Alicia con las mejillas arreboladas por la excitación.
–Sí, lo fue, y el próximo sábado deberíamos llevar herramientas apropiadas para poder abrir el portón del pasillo. No debemos olvidarnos de linternas, velas, cerillas... bueno, tenemos toda una semana para ir pensando lo que nos hace falta.
La semana se les hacía eterna. A lo largo de ella fueron recopilando las herramientas necesarias y las escondieron detrás de la loma que había cerca de su casa para recogerlo el día de la excursión.
Se pasaron el día hablando por teléfono con Miguel y Ana de todos los preparativos. Tendrían que hacer muchas cosas a escondidas de sus padres, ya que éstos se extrañarían al ver sus mochilas llenas de cosas no apropiadas para un día de pesca.
Llegó la mañana del sábado y como siempre, mientras su madre preparaba el desayuno, su padre les revisaba las cañas y la carnada.
–Bueno papá, hasta la tarde. Adiós mamá.