jueves, marzo 13, 2008

YO

Quien me vea y no me reconozca,
que sepa que una vez fui persona,
tierna y lejana, caliente y desvergonzada,
sumisa y contestataria, altiva y cercana,
todo eso fui. Ahora sólo soy
humana.

INVISIBLE

Caminando de forma errática me dirigí hacia el olvido. Mi vida fue un lento vagar hacia la indiferencia de un mundo al que no quise agradecerle mi propia existencia. Mi camino hacia la nada era fácil, innato en mí… sólo dejarme llevar, desaparecer.
Tranquilo corazón
ya llegué
estoy aquí
cálmate
esta noche estoy contigo
esta noche somos uno

jueves, marzo 06, 2008

¡¡Pues sí....!!

¡¡Pues sí.....!!

¡¡Pues sí....!!


¡¡¡¡PUES NO, Y BÁJESE QUE EL CARRO ES MÍO!!!!!

domingo, abril 01, 2007

El proceso



Entraste y cerraste dando un portazo…los niños, a esas horas duermen.
Rompiste el plato después de tomar la cena que te preparé…sabes que luego la recojo yo
Rompiste el televisor…¿Cómo se entretendrán los niños en el encierro de tus castigos?
Rompiste nuestra cama…te dio horas de placer y bienestar.
Me mataste… trabajé para ti, te di comida, te di placer, te di mi cuerpo para maltratar…

jueves, enero 04, 2007

LA CUERDA


Mi padre, para casi todo tema que surgiera en una conversación o en una situación cotidiana, tenía una historia con qué compararla. Si le hacía un comentario casual de algo que me había ocurrido en el trabajo, o escuchado en algún lugar, mi padre decía: “Una vez había un tipo que….” Y el cuento siempre estaba relacionado con el hecho anterior; y no eran cuentos, propiamente dicho, eran hechos reales, hechos ocurridos en su niñez, o juventud o, incluso, hacía tres días.
Recuerdo la vez que le leí una noticia del periódico: “Pareja de novios detenidos haciendo el amor en la playa”, Al oír esto no pudo contener la risa y exclamó: Esos son como Fulano y Mengana, hace años. Lo cierto era, que en tiempos de la juventud de mis padres, los enamorados se hablaban a través de las ventanas o puertas. El novio visitaba a su pretendida y ésta se asomaba y allí platicaban de sus cosas, e incluso, con atrevimiento, se rozaban las manos, se robaban un beso.
Pues bien, el cuento de Fulano y Mengana se remonta a esos tiempos en el que enamorar se hacía, a veces, muy difícil. Era de cuando los novios hablaban en las ventanas, de reojo, con susurros y miradas porque no había otra manera. El amor entre Fulano, hombre ardorosamente prendado, y Mengana, joven vivaz y resuelta, tenía un handicap: Mengana vivía en un 2ª piso. Hablar a voces no era plan y el amor así no prospera, así que Fulano y Mengana procuraron que ese ardor no se enfriara y recurrieron a las mañas de los titiriteros. Ella, ni corta ni perezosa, desde la ventana de su segundo piso, le lanzaba una fina cuerda que él, ni manco ni corto, se la ataba a su desesperada cosita, y ella, con resolución subía y bajaba hasta que Fulano, metido en suspiros y gemidos conseguía mantener a flote el noviazgo.

domingo, julio 09, 2006

Un juez justo


-¡Basta ya! –Bramó encolerizado el cangrejo- ya he soportado bastante a las dos partes y todos han podido observar las irreconciliables posturas de Nalo y Pelo. Pretenden mantenerse en sus trece y no dar sus rejos a torcer. Así que, ahora mismo, haré público el inapelable veredicto. Ante aquellas palabras, los animales marinos dirigieron curiosos sus miradas hacia Anselmo. El enorme cangrejo rojo se levantó y con sus descomunales pinzas cogió a Pelo y a Nalo y llevándolos a su boca los tragó enteros y los mascó con satisfacción. El cangrejo, ante la horrorizada mirada de los animales marinos, se dirigió al público y sentenció: -Señores, se ha hecho justicia. El problema está resuelto…

Un juez justo



-Todos somos testigos de que es difícil conciliar posturas encontradas sin llevar un orden, por ello propongo que las partes expresen libremente sus pretensiones, para que una vez oídas pueda yo dictar una sentencia justa para el bien común.

Al oír esto, Nalo se alzó arrogante en su asiento meciendo sus ondulantes rejos colorados de ira y, sin pedir permiso al cangrejo, elevó la voz:
-Yo hablaré primero. -Este malnacido calamar me roba la comida. La situación es inaguantable e insufrible frente a un vecino delincuente, a un bandolero y ladrón sin escrúpulos. Así que –amenazó a los presentes: Si Pelo no abandona la zona no pienso bajarme del burro y continuaré bregando por lo mío: protestaré, gritaré, incordiaré, molestaré hasta que Nalo se atenga a mis razones y si no agacha su abombada cabezota, seguiré incordiando hasta que los vecinos lo expulsen de su cueva –Por último sentenció: O solucionan mi problema o les juro que todos, absolutamente todos, sufrirán y oirán mis justas denuncias.
Diciendo esto, hizo reposar sus tentáculos sobre una piedra azulada y se puso a esperar el turno de palabra de su vecino.
Pelo se levantó indignado y dirigiendo sus tentáculos hacia Nalo dijo:
-Ese ladrón me tiene muerto de hambre, pues comida que voy a coger, comida que me roba. Por ello digo lo mismo que Nalo, al menos en eso coincido con ese filibustero: Hasta que no
modifique su conducta mantendré mis gritos. No me irrito por gusto, sino por la razón que me asiste ante el comportamiento pirata de mi vecino. Protestaré y seguiré protestando y si no se arregla mi asunto todos pagarán y los haré partícipes de mis reproches, mis críticas y mis quejas.
Pelo retrocedió y cruzando sus tentáculos blanquecinos reposó en el fondo marino.
Ante las encontradas manifestaciones de Pelo y Nalo, el cangrejo Anselmo les aconsejó, de nuevo, una reconciliación. Razonó que es deseable llegar a un acuerdo amigable, aunque accesible a las dos partes, aunque no sea del todo satisfactorio. Les recordó a ambos que el vecindario no tenía culpa alguna ni se merecía tal trato. Mirando a la concurrencia advirtió que, elegir que se dicte una sentencia irrevocable es peligroso, que nadie debe pretender todo para él y nada para el otro, que han de solucionar sus inaguantables contiendas para traer la paz al fondo del mar que baña aquellas doradas costas.
Los contendientes sin ceder en sus encontradas posiciones, se enfrascaron en una tumultuosa pelea ante la mirada atónita de los congregados en aquel juicio marino que era el centro de atención de todos los seres, de distinto tamaño, especie y condición que pululan por aquella zona del mar de Lanzarote.

sábado, julio 08, 2006

Un juez justo



De la multitud partió un:
-Ohhhhhhhh... –Esperaban con deleite y curiosidad el desenlace del conflicto. El morbo residía en la compleja solución amistosa del tema.
Anselmo, con parsimonia y solemnidad, continuó:
-Daré solución a este problema que, dicho sea de paso, mantiene a los habitantes del fondo marino contrariados por las obcecadas disputas, las pendencias y los coléricos gritos y alborotos que roban la tranquilidad, e incluso, el sueño en los alrededores de las cuevas de los litigantes. –A un tiempo contemplaba al pulpo y al calamar que se desafiaban con sus arrogantes poses, y fanfarrones se retaban a llegar a los rejos.
Intentando un acuerdo por las buenas, señalándolos con sus pinzas les dijo:
-Invito a los contendientes a que lleguen a un acuerdo amistoso que ponga fin a sus querellas y les propongo repartirse la comida en partes iguales.
El pulpo y el calamar se dedicaron una enrabietada prédica; gritando a un tiempo se dijeron de todo propinándose todo tipo de insultos y descalificaciones. Hicieron oídos sordos a las pacificadoras palabras del cangrejo que intentaba, sin éxito, traer la mesura a la algarada y repartir los tiempos de disertación. Ofuscados en sus tercas posiciones de partida, continuaron con sus pendencias hasta extremos de anegar de cargas negativas las ambarinas aguas de la explanada. Anselmo enfadado ante la cerrazón de mollera lanzó, con vigor, sus pinzas contra el fondo marino levantando nerviosas olas, precedidas de burbujas histéricas que les hizo enmudecer. Los ojos encendidos del cangrejo y sus portentosas pinzas les llenaron de temor y callaron colgando su esquiva mirada en el irritado juez.
Un tenso silencio siguió a la amenazante pose de Anselmo que, después de un sermón sobre las formas y la educación de todo ser vivo, advirtió a los litigantes que se encontraban allí para arreglar el problema y no para oscurecerlo aún más, después, bajando el tono:

Un juez justo

Anselmo, satisfecho y contemplando la expectación creada a su alrededor, continuó:
-En vista de que esto se ha convertido en un espectáculo, haremos que se sientan complacidos –e hinchando su enorme y rojo caparazón con toda solemnidad y boato, se sentó en su elevada posición y adoptó modales de juez.
-Tenemos aquí a dos litigantes que pretenden dilucidar sus controversias de forma pacífica y apelando a la razón. Contrincantes que deben tomar conciencia de que sus peleas deben cesar en beneficio de la concordia en nuestra comunidad.
Guardó silencio un instante esperando la reacción del público ante su papel estelar. Se sintió complacido al comprobar el respeto que sentían los presentes y adoptando la pose adusta de un magistrado curtido en miles de juicios, señaló con una de sus pinzas al pulpo rojo y dijo:
-Aquí a mi diestra está el pulpo Nalo que acusa a su vecino el calamar Pelo de robarle la comida.
Alzó su otra pinza, que ahora dirigió al lado izquierdo y con voz grave, continuó:
-Aquí, a mi izquierda, podemos contemplar al blanquecino calamar Pelo que alega en su defensa exactamente lo mismo.
Después, mirando a todos los congregados en aquel fondo marino, continuó:
- Yo, elegido como juez de este entuerto, arreglaré este asunto con mi enorme sabiduría. Ante sus palabras, un azulado mejillón comentó a una reluciente sama: “y eso que no tiene abuela”
Mientas pronunciaba estas palabras se iba inflando hasta casi no caber dentro de su rojizo caparazón. A su lado derecho Nalo y al izquierdo Pelo se miraban con rabia y si los ojos lanzaran llamas en un suspiro se hubieran carbonizado.

Un juez justo

Un radiante día en el que las transparentes aguas dejaban ver ese maravilloso fondo plagado de seres dispuestos a no tolerar ni un segundo más el malestar que les provocaba estos dos pendencieros. El cangrejo inició la vista del juicio.
Anselmo, con porte solemne, ahuecando sus patas y haciendo sonar sus pinzas se dirigió al centro de la estancia y tomó asiento. Con ceremonia de magistrado versado en solventar disputas, y, en tono autoritario, invitó a los contrincantes a ocupar unos asientos dispuestos a ambos lados. El pulpo Nalo se ubicó a la derecha y el calamar Pelo lo hizo a la izquierda. En aquel momento se les notaba contentos y exultantes con el protagonismo alcanzado, aunque fuera a costa del bienestar de todos los convecinos.
La explanada se había ido llenando de curiosos que tomaban asiento en los alrededores hasta abarrotar aquel luminoso fondo. Todos aguardaban al desarrollo del juicio y a un veredicto que cortara de raíz tanta crispación. El lugar elegido quedó repleto, colmado de todo tipo de seres marinos: desde menudos peces de todos los colores del arco iris hasta aerodinámicos tiburones y pacíficas ballenas. Todos se colocaron alrededor aguardando a la vista pública. Los más diminutos, por orden del cangrejo Anselmo, se situaron en primera fila, allí se podía ver desde un pequeño burgado hasta el más bello caballito de mar, pasando por almejas y ostras nacarinas. Todos mantenían un sepulcral silencio ante el rígido protocolo impuesto por el cangrejo.
-Bueno, atención, ¡cla, cla, cla...! –dijo el poderoso cangrejo chasqueando sus descomunales pinzas.

martes, julio 04, 2006

Un juez justo

Cuando una de estas peleas empezaba, todo animal viviente de los alrededores corría rápido a refugiarse a su cueva, piedra o arena. La situación era insoportable. Se insultaban y enardecían de tal manera, que el fondo parecía una verbena con farolillos de colores. El ambiente enrarecido, sus bruscos cambios de color, pasando del ocre del fondo hasta el más violento rojo perjudicaba la tranquilidad de aquellas aguas dormidas, eran de tal entidad los continuos altercados que el resto de la comunidad les propuso resolver sus diferencias de forma amigable. Acabar de una vez por todas con el acaloramiento, que por lo pertinaz, prendía en el resto de los habitantes de aquel ambarino paraje marino.
Acordó el vecindario, en asamblea unánime, que poniendo buena fe todo tiene solución, esperando que con el diálogo pacífico quedaran solventadas sus riñas. Medió como árbitro el más poderoso de los cangrejos rojos de la comunidad. Un enorme ejemplar de parsimonioso andar y poderosas pinzas. Se llamaba Anselmo, era respetado por viejo y sabio y le avalaba el sentido común como norma de comportamiento.
Como juez designado para presidir el caso, el cangrejo de ojos negros y descomunales pinzas decretó solucionar sus peleas en terreno neutral y arreglar a un tiempo el problema creado con las pendencias en la comunidad. Eligieron de mutuo acuerdo, lo que costó varios días con sus noches respectivas, un fondo precioso donde llevar a cabo el juicio. Estaba iluminado por los rayos del sol que incendiaba con verdosa iridiscencia el cuadrilátero. La zona poblada de bellas anémonas, corales y frondosas algas marinas se prestaba a una contienda que podía ser contemplada por todos los seres del entorno que así lo desearan.

miércoles, junio 21, 2006

UN JUEZ JUSTO




La historia que les voy a relatar es la de dos personajes marinos en perpetua guerra y escandalosas peleas. Habitaban cuevas vecinas en el fondo del océano Atlántico, dos madrigueras horadadas en los aledaños de una playa azafranada lamida por mansas olas al sur de Lanzarote. Se odiaban con todo el brío de su alma, se detestaban y aborrecían obsesionados con que el otro era un enemigo peligroso y un perverso ladrón que hurtaba su sustento, convencidos de que el contiguo trampeaba, y robaba con descaro lo que consideraba de su exclusiva propiedad.
Cuando el alimento se cruzaba en las cercanías de sus guaridas, y uno de ellos lograba apresarlo, se iniciaba la enconada disputa. El otro, envidioso, la tomaba con él y al instante empezaba una guerra. Encelados, se enzarzaban en una encolerizada pelea, levantaban una estridente algarada molestando e incordiando a todo ser viviente de los alrededores. Chapoteaban con rabia, daban resoplidos, removían el fango marino y lanzaban a los cuatro vientos su enfado, proyectando, con gritos inaguantables, insultos y palabrotas entre los otros colindantes.
Les hablo de dos seres del mar: un pequeño pulpo de tentáculos rojos llamado Nalo y un blanquecino calamar de abombado cuerpo conocido por Pelo. Se pasaban el día envueltos en una violenta discusión por todo. La cotidiana algarada enervaba al vecindario harto de tanto grito y pendencia. Desde que abrían la boca la conversación discurría en una perorata sin sentido, en la que cada uno quería hacer valer su razón, molestando al resto de los habitantes de aquellas arenas petrificadas. Era tal el acaloramiento en que derivaba la diatriba que los gritos e insultos conseguían envenenar el agua en su entorno; la virulencia de la pelea no dejaba vivir en paz al resto de los habitantes del fondo marino.

jueves, mayo 18, 2006

El Viejo convento. Capítulo XIII

–¡Pero entonces los alquimistas estaban equivocados! Se equivocaron en el modo de plantarla, y como nunca lo probaron… –Alicia y Miguel estaban excitadísimos con los resultados que tenían delante–.
–Propongo llevarla al jardín de mi casa o de la de ustedes y plantarla como una semilla normal –sugirió Miguel–.
Cuando llegaron a casa de Miguel y Ana, se dirigieron al jardín y allí empezaron a cavar un agujero en la tierra, en la parte más soleada y protegida del viento por una cerca. Cuando ya el agujero estuvo hecho, Ana depositó la semilla y la tapó con tierra. Miguel, con una regadera en la mano fue rociando toda la zona con agua fresca hasta que quedó empapada.
–Cuando brote y crezca nos pondremos en contacto con la Organización Mundial de la Salud y ellos sabrán qué hacer con ella. Si es lo que dice el profesor será una bendición para toda la humanidad, si no, será sólo una semilla de un árbol que embellecerá nuestro jardín. –Miguel sólo tenía quince años pero la lucidez de su mente lo hacía parecer mayor.
Los cuatro se encontraban en el jardín, de pie ante el lugar, observando callados y recordando toda su aventura cuando en la lejanía oyeron las sirenas de los coches de la policía. Levantaron la vista y vieron la comitiva que se acercaba: detrás de los coches de la policía, el coche de don Adolfo, el coche de la cadena de televisión local y el coche del director del museo del pueblo.
–Lo menos que necesitamos ahora es este tipo de publicidad –dijo Adrián con seguridad–. Hay que dejar que las cosas evolucionen y no precipitarlas, así que, manos a la obra.
Durante la aventura todos habían madurado se les notaba más resueltos y más responsables. Se miraron, sonrieron y asintieron. Uno de ellos se agachó y cogió numerosas hojas caídas de un árbol cercano y las esparció sobre el terreno mojado tapando todo vestigio de la semilla. Se acercaron a la verja y allí esperaron a que llegara la comitiva.



FIN

El Viejo convento. Capítulo XIII

–Ahora muchachos, ustedes deben comprender que mi deber es dar parte de este descubrimiento, no para cubrirme de gloria, sino para rebatir tanta teoría estúpida que circula sobre este tema.
Los chicos estuvieron de acuerdo y recogieron el libro y el mapa, no sin antes prometerle al profesor que los cuidarían y se despidieron de él. Ya en la calle se acercaron a un parque y se sentaron en los bancos. Allí sacaron de la mochila la semilla y la estuvieron mirando. Miguel la cogió:
–Lo que hace falta saber es si esta semilla vieja y correosa esta todavía viva.
–Sólo hay un modo de saberlo y es plantándola. –Dijo resueltamente Ana–, así que vayamos al jardín de casa y pongámonos manos a la obra. Se levantó y empezó a caminar resueltamente.
–¡Para, para ya! –Miguel la agarró del brazo–. ¿No recuerdas lo que dijo el profesor? Estamos en verano y la plantación debe ser en primavera, así que o esperamos o la perderemos.
Ana, enfurruñada se volvió a sentar.
–Pues no sé como la vamos a conservar hasta la primavera. Antes por lo menos estaba en un lugar húmedo en el que al parecer se conservó durante cientos de años, pero ahora que la hemos sacado seguro que se estropea, si no lo está ya.
Los cuatro estaban cabizbajos pensando en los riesgos de la aventura que habían tenido, para ahora no poder hacer nada hasta dentro de por lo menos siete meses.
–Hay que pensar algo para protegerla durante todo el tiempo que falta para la primavera.– terminó diciendo Miguel–. No podemos dejar que se pudra.
–¿Y si la guardamos en una nevera? –Adrián, desesperado buscaba soluciones–.
–Alicia soltó un gritito agudo. ¡Miren la semilla!
Todos desviaron sus ojos hasta el pañuelo que estaba desplegado en el suelo, con la semilla encima. Ésta tenía unos pequeños puntitos verdes en toda su superficie.
–¡Está germinando! –Miguel no se lo podía creer–. La vieja semilla echaba unos pequeños brotes verdosos por casi todos sus poros.
–¿Cómo es posible? El profesor dijo que sin agua, que por la noche, que en primavera…no entiendo nada. Adrián hizo ademán de cogerla pero Alicia lo paró.
–Más vale que no la toques por si se estropea, pero hay que hacer algo rápidamente. –¿Cómo es posible que esté brotando?
–Seguramente, al exponerla al sol y al aire, se ha activado su crecimiento.

El Viejo convento. Capítulo XIII

–Por lo que puedo descifrar aquí, los Señores Feudales entraron en lucha por la posesión de la semilla y, según parece, se destruyeron entre ellos. La semilla quedó custodiada por cuatro caballeros denominados “paladines del Arco Iris” hasta que llegara el momento idóneo de plantarla, –tradujo el profesor.
Continuó ojeando el libro hasta que llegó a las últimas páginas y cuando las leyó, dio tal respingo que los chicos se asustaron.
–¿Qué pasa, Don Adolfo?
–Aquí dice que en esta semilla está la cura de la enfermedad que azota al mundo, la bestia negra del hombre. Si esto es verdad chicos, hay que cuidarla y protegerla, aunque creo que ya no hace falta porque tiene toda la pinta de estar más muerta que el propio Colón. Diciendo esto, el profesor lanzó una risita con un deje de amargura.
–¿Pero a qué enfermedad se refiere? –preguntó Miguel–. ¿Puede ser la peste?
–Puede ser, ya que la peste asolaba a Europa en esos tiempos, pero yo más bien creo que se trate de otra enfermedad que sí es la bestia negra de la humanidad: el cáncer. –Añadió el profesor, convencido de su teoría.
–En cuanto a esos signos y frases que traen copiados en esas hojas de libreta, no sé qué decirles, son símbolos de los antiguos alquimistas, probablemente símbolos químicos. –Déjenme estas hojas y me encargaré de traducirlas. Ya les llamaré para darles el resultado.
–¿Eso es todo? –Preguntó Ana, desencantada.
–¿Te parece poco? –En unos minutos las teorías sobre los viajes a América han dado un giro de ciento ochenta grados. Hemos pasado de saber que Colón descubrió el Continente Americano por error, a saber que, probablemente, utilizó los mapas confeccionados por los Templarios. Se dice que éstos, en su huída, se llevaron consigo sus tesoros y conocimientos, pero el lugar nunca se supo. Algunas teorías dicen que este es el sitio posible de su último asentamiento y que luego desaparecieron, pero eso son sólo teorías. Prosigamos con la traducción del libro.
–Aquí también viene explicada la forma de plantarla. –continuó el profesor.
–Esperar al canto de los pájaros y al esplendor de las plantas y justo en ese momento, hacer un hoyo de no más de ocho pulgadas y depositar la semilla, cubrirla y luego esperar a que brote. Una vez haya brotado regarla solamente con lágrimas de la noche.
–El canto de los pájaros y el esplendor de las plantas es obviamente la primavera ¿No es así? Don Adolfo quería que fueran ellos los que dijeran las soluciones. Siempre los había considerado unos alumnos aventajados.

El Viejo convento. Capítulo XIII




El tesoro





Al día siguiente, los cuatro acudieron al viejo profesor de latín, don Adolfo, para que les ayudara con la traducción del libro y de los pergaminos.

Éste, al ojear el libro se quedó asombrado.
–¡Dios mío! – ¡Era verdad! –¡No era una leyenda! –El profesor apenas podía balbucir palabra alguna y con voz temblorosa por la emoción preguntó a los chicos:
–¿De dónde sacaron este libro, muchachos? –Miguel, más rápido de reflejos, contestó que lo tenía su padre en la biblioteca y que había estado haciendo limpieza cuando lo encontraron.
El profesor siguió pasando hojas y de pronto emitió un gruñido de satisfacción. De entre las páginas semidestruidas por el tiempo, sacó un papel amarillento, doblado que extendió ante él.
En el papel había trazados unos dibujos y líneas, así como signos y palabras en latín.
–Bueno, veamos –dijo el profesor suspirando–. Esto que tenemos aquí es ni más ni menos que el mapa de América hecho por la Orden de los Templarios. Si han estudiado Historia, sabrán que dicha orden desapareció antes del descubrimiento del nuevo continente, así que es posible que Cristóbal Colón lo copiase de ellos. Esto era algo que se rumoreaba pero que nunca se pudo demostrar…hasta ahora. –El profesor, emocionado y nervioso mantenía en sus manos el libro y el pergamino, apretados contra su pecho.
–Chicos, este descubrimiento va a dar la vuelta al mundo. Muchas cosas de las que apenas se sabía nada y había dudas quedarán ahora claras
–Bien –dijo Don Adolfo–, sigamos con la traducción del libro
–En los siglos XI y XII hubo terribles epidemias y hambrunas en toda Europa. Los alquimistas buscaban la manera de que el hambre y la peste no acabaran con todo el continente y se pusieron a estudiar la manera de encontrar una planta o un árbol que diera un fruto, que una vez probado, saciara el apetito y curara las enfermedades. Después de muchos cruces de plantas y árboles, parece ser que dieron con el adecuado, pero sólo consiguieron una semilla que guardaron celosamente para poder plantarla en un futuro próximo.

El Viejo convento. Capítulo XII




Allí estaba el riachuelo, su campamento y más arriba las ruinas del convento.

Miraron sus relojes. Eran las cuatro de la tarde pero no sabían de que día hasta que oyeron el ruido del motor de un coche. Eran los padres de Miguel y Ana.
–Chicos ¿Qué tal pasaron el fin de semana? –¿Bien? Me alegro, dijo el padre.
–Bueno, vayan recogiendo que nos vamos.
Los chicos se miraron y empezaron a recoger todo el campamento.
Al despedirse Alicia y Adrián de Ana y Miguel, quedaron para verse al día siguiente y hacer un inventario de lo que tenían y habían hecho. Adrián y Alicia contaron a sus padres una sarta de mentiras sobre su estancia en el campamento y sobre lo bien que se lo habían pasado pescando y haciendo fuegos de campamento.
Cuando se fueron a dormir lo hicieron a pierna suelta, pues estaban rendidos de la aventura vivida.
–¿Que crees que será esa semilla Adrián? –pregunto Alicia.
–No lo sé, supongo que de algún tipo de árbol o fruto que con el tiempo se estropeó.
–¿Y si no es una semilla?
–No seas boba y duérmete. Mañana intentaremos leer el libro y espero que allí esté la explicación a todo este galimatías.
–Sería conveniente no enseñarle al profesor los pergaminos, sino copiarlos y que nos ayude en la traducción, –dijo Alicia. –Si no, a ver cómo explicamos de dónde los sacamos. Tenemos que inventar una historia que sea verosímil.

El Viejo convento. Capítulo XII

Empezaron metiendo las llaves en las 4 cerraduras, pero algunas no encajaban y otras sí, hasta que dieron con cada una la suya.
Estaban todos expectantes cuando Miguel accionó la última llave y tiró de la pesada tapa hacia arriba. Por la cabeza de los chicos pasaron los pensamientos más diversos. Miguel, Ana y Adrián estaban convencidos de que el arcón estaría lleno de joyas y alhajas. Alicia estaba segura de que allí habría sólo telarañas y moho.
Cuando terminó de abrirse, la decepción se pintó en sus caras. En el fondo del arcón encontraron una especie de semilla, parecida a una nuez, vieja y reseca, de algún fruto que ellos no sabían distinguir. Al lado de la semilla había un pergamino enrollado, viejo y mohoso, ennegrecido por el paso del tiempo, escrito en latín, el cual tuvieron que coger con sumo cuidado porque se estaba deshaciendo en pedazos. Guardaron la semilla junto con el pergamino bien envuelta en la mochila con una de las camisas de los chicos.
–¡Eh, no nos olvidemos de esto! Pueden valer una fortuna. –Alicia, más precavida, sacó las llaves junto con las cadenas de las cerraduras y se las guardó en los bolsillos de su pantalón, a fin de cuentas eran de oro y pesaban mucho.
–¡Miren esa pared! Les gritó Alicia –por esa pared entra un rayo de luz. Empujemos las piedras.
Los cuatro se pusieron a presionar sobre la pared que, después de un buen rato, cedió y cayó junto con los chicos. Estaban entre piedras, en la campiña, a escasos metros del convento. De pronto, cuando se estaban recuperando de la caída oyeron un estruendo horrible y vieron cómo se hundía la habitación del arcón. No vieron lo demás pero lo sintieron. El ruido que salía de lo que quedaba de la habitación. Un presentimiento les decía que todos los sitios por los que habían pasado se estaban hundiendo en las profundidades de la tierra. De algunas grietas en la tierra salían humaredas de polvo, Luego cuando el estruendo cesó, todas las grietas se cerraron y la campiña quedó como antes. Como si no hubiese pasado nada, como si todo hubiese sido un sueño.

lunes, mayo 15, 2006

El Viejo convento. Capítulo XII

–Así que acerquemos los libros a las antorchas en ese orden y veremos qué sucede.
Alicia que era la que sostenía el libro verde fue la primera en acercarse a la antorcha. La siguió Miguel con su libro rojo, Luego Adrián, con el azul y por último Ana, con el libro de tapas amarillas.
Los cuatro empezaron a temblar, no porque tuvieran miedo o frío sino porque los libros se movían en sus manos y los hacían temblar a ellos. Era como un pequeño terremoto que saliera de debajo de las tapas. De pronto Alicia dio un chillido, y de sus manos que sostenían el libro salió un fulgurante rayo verde que se fue a juntar con el rayo que saliera de las manos de Miguel que, a su vez, se unió al azul y amarillo de los restantes. Se formó un solo rayo de colores que con estruendo se fue a estampar sobre un símbolo que había en la pared del rellano, en lo alto cerca del techo. Toda la escultura no era más grande que un puño cerrado. Por eso, al llegar ellos al rellano no la habían visto.
El símbolo era un sol esculpido en la piedra. Por los bordes salían unas ramificaciones simulando llamas con tres ranuras simulando ojos y boca. Los rayos salidos de las tapas de los libros se juntaron y entraron por la boca de la cara solar y con un estruendo cavernoso se empezó a resquebrajar y se abrió una enorme brecha en la pared. Los chicos después de quitarse todo el polvo que les había caído encima, cogieron una antorcha y la atravesaron. Cuando la antorcha iluminó el entorno, observaron que se trataba de una habitación muy pequeña y que a duras penas cabían los cuatro en su interior.
En el centro había un gran cofre, repujado en oro, colocado sobre una columna de mármol blanco. Era cuadrado y a cada lado tenía una cerradura de metal.
–¿Qué se apuestan a qué las cuatro llaves encajan perfectamente en esas cerraduras? –dijo Ana.
–Seguro –afirmaron los demás – vamos a probarlas.

El Viejo convento. Capítulo XII

Retrocedieron y fueron a la siguiente tumba. Colocaron el rubí sobre la muesca y ocurrió exactamente lo mismo. La lápida se corrió hasta dejar al descubierto otro esqueleto con casi las mismas medidas que el anterior. La diferencia estaba en la capa, que era roja y el libro de cuero del mismo color. Llevaba otra llave al cuello. Cuando terminaron de abrir las dos restantes tumbas, comprendieron que era lo mismo que las anteriores. Cuatro capas de cuatro colores distintos, cuatro libros forrados de piel de los colores de las gemas y cuatro enormes llaves de oro que podrían abrir no se sabe qué.
–Supongo –dijo Miguel– que en esos libros vendrá la explicación del porqué de las llaves.
Reunieron todo lo que habían encontrado en una mochila y decidieron buscar una salida.
–Ahora no es el momento de leer los libros, sino de buscar algún sitio para descansar y comer algo y desde luego, este lugar con estos esqueletos no es el más apropiado.
Dieron media vuelta y se alegraron al dejar atrás la habitación de las tumbas, Era como si se libraran de un peso en el estómago. Ver aquellas calaveras de orificios desnudos los había impresionado. Pronto alcanzaron la escalera; de allí se dirigieron al rellano al que habían llegado anteriormente y volvieron a montar el campamento.
Encendieron las antorchas que habían encontrado por el camino y en diferentes habitaciones y empezaron a hojear los libros.
Se quedaron estupefactos al ver que todas las hojas de los cuatro libros estaban en blanco.
–¿Y ahora qué? ¿Cómo sabremos lo qué hay que hacer? Cada uno sostenía un libro en las manos. De pronto la luz de las antorchas iluminó las tapas de cuero del libro que sostenía Adrián. De la tapa salió un fulgor azul que inundó toda la estancia. Los chicos se quedaron petrificados viendo el extraño fenómeno. Enseguida Miguel acercó su libro a la antorcha y ocurrió exactamente lo mismo. La estancia se iluminó de un vivo color rojo que casi los dejaba ciegos. Al apartar el libro de la luz todo quedó en penumbra como antes.
–Bueno, está claro que aquí lo importante no son las hojas de los libros, sino las tapas que seguramente llevarán también un orden, que será probablemente el de siempre: verde, rojo, azul y amarillo– concluyó Miguel.

El Viejo convento. Capítulo XII

–El frío es el norte, la luz es el este, por donde sale el sol, la noche es el oeste, por donde se pone el sol y el calor es el sur. –¿Que les parece? –preguntó poniendo cara de sabelotodo.
–Podría ser, comentaron los otros. –Por intentarlo no perdemos nada.
Cuando Adrián estaba sacando las gemas de la mochila, se quedó parado. Los demás le metieron prisa y él, reaccionó diciendo:
–Esto esta mal, bueno, mal no es la palabra exacta, pero ¿qué joya es la que va primero? –Sabemos la traducción de todo, ¿pero qué joya será la primera en ponerse en la muesca del norte? Se miraron todos y quedaron desinflados con el nuevo problema, en especial Miguel. Se hizo un silencio. Estaban los cuatro concentrados en sus pensamientos en cómo encontrar el orden. Al cabo de varios minutos Adrián preguntó:
–¿Y si las colocáramos en el mismo orden en que las encontramos? Eso sería más fácil y por lo menos seguiríamos una pauta.
–Vale –dijo Ana – no es mala idea.
–Vamos a hacer un pequeño croquis para hacernos una idea de como sería:
–1º frío...Norte………………..1ª piedra….esmeralda.
–2º luz....Este………………....2ª piedra….rubí.
–3º oscuridad...Oeste.............. ..3ª piedra….turquesa.
–4º color...Sur............................4ª piedra….topacio
– ! No esta mal, no! –Hagámoslo así a ver que pasa.
Miguel cogió la esmeralda y la colocó sobre la muesca de la lápida en la que ponía Norte. Con un estruendo casi imposible de soportar por sus oídos, la lápida se fue rodando hasta dejar al descubierto lo que había dentro. Los chicos al verlo retrocedieron unos pasos. Dentro del sarcófago había un enorme esqueleto. La constitución era humana pero el tamaño no. Debió pertenecer a un ser humano que pudo medir sobre los dos metros y medio. El esqueleto llevaba anudada al cuello una capa de color verde sobre la que reposaba y que le llegaba hasta los tobillos. Del cuello le colgaba una enorme cadena de oro y al final de la misma una gran llave, también de oro. En la mano, agarrado con los huesos de los dedos llevaba un libro con tapas de cuero pintado de verde.
Los chicos no podían creerse lo que estaba ante sus ojos. Ese esqueleto podría llevar allí cientos de años.

domingo, mayo 14, 2006

El Viejo convento. Capítulo XII

–Todas las tumbas son iguales excepto en el modo en que están colocadas.–comentó susurrando Alicia –Forman entre ellas un extraño círculo.
–¿Cómo sabremos cual es la primera tumba en la que hay que colocar la joya? –preguntó Ana.
–Bueno, quizás no haya que seguir un orden en ese aspecto –dijo Miguel.
–Esperen. Traduzcamos lo que pone sobre cada sarcófago y así sabremos si hay que seguir un orden establecido.
Se acercaron a la tumba más próxima y la examinaron con detenimiento. La parte de arriba, lo que era la tapa, estaba dividida en dos. En la primera mitad había una serie de palabras en latín, y en la segunda mitad sólo existía una palabra y la muesca para la joya.
Ana sacó su libreta y su pequeño diccionario de bolsillo y se dispuso a hacer la traducción.
–Veamos –dijo Ana después de llevar un largo rato pasando hojas del diccionario y haciendo anotaciones en su libreta. En la parte superior de la tapa están escritas unas frases en latín y lo que podido traducir, que no es nada fácil, esto es lo que hay: “El orden viene dado por los puntos terrestres” y luego en cada tumba dice:
–“El 1º viene dado por el frío”.
–“El 2º nos lo da la luz”.
–“El 3º lo da la noche”
–“El 4º es el calor”.
–¡Bueno! Esto está traducido, ahora hace falta interpretar la segunda mitad de todas las tumbas, pues la primera mitad es igual en todas.
–Eso es fácil –dijo Ana– solamente es una palabra y apenas me hace falta la ayuda del diccionario.
–En cada segunda mitad pone: Norte, Sur, Este y Oeste.
–Miguel que había estado callado todo el rato mientras Ana traducía, dijo de pronto:
–¡Ya lo tengo!....me parece. Los puntos terrestres, creo que son los puntos cardinales, norte, sur este y oeste.
–Eso estaba claro antes de que tú lo dijeras –rió Alicia – lo que hace falta saber es lo demás.
–¡Pues a eso voy! –dijo Miguel medio enfadado– Repito: el orden son los puntos cardinales pero hay que saber cual es el primero, el segundo, el tercero y el cuarto, y creo que ya lo sé –terminó diciendo Miguel tragando saliva.

El Viejo convento. Capítulo XII

Miguel sacó las piedras de la mochila y fue colocándolas cada una en su sitio. La muesca de cada losa era de un color diferente, así sabían donde iba cada una. Cuando terminó de colocar la última piedra enfrente de ellos, con un ruido cavernoso, se abrió una cavidad en la pared dejando la habitación llena de polvo y tierra en suspensión. La entrada que había aparecido daba paso, entre telarañas añejas a una nueva escalera descendente.
–Recoge las gemas, Miguel, –le recordó Ana. Probablemente las tendremos que volver a usar.
Los chicos sacaron sus linternas y empezaron a bajar las escaleras. Cuando alcanzaron el final, había una habitación grande, con una luz mortecina producida por no se sabe qué moho o liquen. La habitación era una copia reducida de la Sala de los Tapices. Era exactamente igual, pero a escala inferior. Tenía los mismos tapices y antorchas, pero carecía de las puertas de colores de la Sala de arriba.
En la habitación había 16 lienzos y 16 antorchas. Estaba todo tapizado de un moho seco y pegajoso que era difícil retirar de las paredes. Decidieron encender las antorchas por orden pues ya tenían la experiencia de la sala anterior.
Adrián cogió el mechero y encendió una por una todas las antorchas. Al terminar de encender la última, de todos los tapices salieron los rayos de colores que fueron a dar sobre una parte de la pared en la que no había nada, solo moho. Allí donde convergieron los rayos empezó a rajarse la pared y caer piedras hasta que quedó abierto un boquete por el que cabían los chicos.
Después de que la polvareda se desvaneció, pasaron a la habitación contigua. Esta era de dimensiones parecidas a las anteriores, pero lo que más les atrajo la atención eran las 4 tumbas que se encontraban cada una en una esquina, ocupando parte de las dos paredes contiguas.
Se acercaron a una de ellas y vieron que era toda de mármol blanco. El mármol, por algunos lugares estaba resquebrajado, y eso les daba una idea de lo viejo que podía ser aquello.
Sobre la tapa había unas inscripciones y una muesca con la forma de las joyas.

El Viejo convento. Capítulo XII



Los 4 guardianes

Los dos chicos siguieron el camino de la derecha durante un trecho. Cuando ya casi iban a dar la vuelta porque no veían nada especial, encontraron que la escalera se ensanchaba hasta formar una habitación pequeña, como la de una casa cualquiera.
–¡Mira esto! –dijo Miguel –esta habitación está llena de inscripciones como la Sala de los Tapices y ahí –manifestó señalando con el dedo– está una antorcha.
Pronto la encendieron y la habitación se iluminó con la mortecina luz. Era una estancia cuadrada, no muy grande que medía aproximadamente 10 metros cuadrados y en cada rincón existía una losa en el suelo con unas inscripciones que ya conocían y un pequeño agujero con la forma de cada joya.
–Será mejor que copiemos estas inscripciones y se las llevemos a las chicas para compararla con las otras –dijo Miguel.
–¡De acuerdo! –contesto Adrián– pero vamos a continuar subiendo un poco más y si no encontramos nada interesante nos volvemos.
Así lo hicieron hasta que llegaron al borde cortado de la escalera.
–Aquí es donde acaba. Probablemente algún terremoto o el tiempo rompieron este pedazo –comentó Adrián.
–Pero fíjate –Miguel señaló el borde – toda la orilla tiene un corte perfecto como si lo hubiesen hecho adrede.
–Tienes razón, eso está hecho por la mano del hombre, volvamos a buscar a las chicas.
Ya todos reunidos de nuevo y el campamento recogido, prosiguieron su camino. Cuando llegaron a la habitación que estaba casi al borde de la escalera, fueron directamente hasta las losas que en el centro tenían una muesca con la forma de 1/4 como cada una de las joyas que habían encontrado.
–¿Que hacemos? –preguntó Ana
–Pues haremos lo de siempre –le contestaron los demás – Pondremos las piedras en su sitio y esperamos a ver qué sucede.

viernes, abril 28, 2006

El Viejo convento. Capítulo XI

Se introdujo en el agua y caminó hasta perder pie. Pero no había contado con la frialdad del agua. Debido a las profundidades donde se encontraba estaba casi congelada.
Nadó vigorosamente hasta la barca y se subió a ella. Vio que dentro existían dos remos y los utilizó para acercarse a la orilla y buscar a los chicos. Apenas podía remar, debido al titiriteo que le producía su cuerpo mojado; le castañeteaban los dientes. Todos le recibieron, dándole calor y poniéndole ropa encima para calentarlo.
–La barca no es muy grande, pero cabemos todos si nos apretujamos un poquito –dijo Miguel– ¡Con cuidado no se vuelque!
Adrián y Alicia empezaron a remar, mientras tanto, Ana le frotaba todo el cuerpo a su hermano para que entrara en calor.
Poco a poco la barca se acercaba a la otra orilla; con los remos iban tocando el fondo y así pudieron comprobar que estaban al otro lado.
–¡Aquí está! –grito Alicia.
Condujeron la barca hasta que quedó encallada en el borde de otra escalera. Bajaron y ataron la cuerda a una piedra que había en el fondo de la barca y la lanzaron al lago, dejándola fondeada. La escalera solamente eran varios escalones que ascendían. Los suficientes para que el lago no se desbordara, y luego eran todos de bajada. Siguieron escaleras abajo un pequeño trecho y alcanzaron una bifurcación.
–¡Esta debe ser la otra parte de la escalera cortada! Deberíamos investigarla, ya que vinimos no podemos dejar nada sin mirar. Subamos, aunque sólo sea un pequeño trecho y si no encontramos nada, damos la vuelta y regresamos – propuso Adrián.
–De acuerdo –respondieron– pero que sólo vayan dos y aquí esperaremos otros dos.
–OK, iremos Miguel y yo –dijo Adrián y ustedes aprovechen para descansar –¿De acuerdo?
–Sí, de acuerdo. –contestaron las chicas.

El Viejo convento. Capítulo XI

Dirigió el haz de luz hacia arriba y no observaron nada, sólo oscuridad.
–¡Animo! –No pensemos en lo que podríamos haber hecho antes –dijo Adrián. Ahora estamos aquí y, o bajamos, o subimos; pero hay que hacerlo ya. Todavía nos quedan pilas pero hemos de economizarlas.
Todos asintieron y continuaron bajando. Encontraron la linterna de Ana, en una hendidura que había en la escalera.
–Mira, mi linterna y está intacta gracias a la grieta de la escalera.
–¿No notan eso? Preguntó Alicia.
–¿El que?
–¡Sí! –Es aire.
–¿Oyen?, es ruido de agua, debemos estar cerca de alguna fuente o río, sigamos bajando.
Esta vez continuaron el descenso que fue más rápido y cuando se percataron ya les llegaba el agua por las rodillas.
–Las escaleras continúan bajo el agua. –¿Qué hacemos? –pregunto Ana.
Dirigieron los haces de la linterna hacia el centro del lago y allí vieron una pequeña barca.
–Esa debe ser la barca del pequeño guardián. Habrá que meterse en el agua y traerla hasta aquí y así comprobaremos hasta donde conduce este lago.
–Yo iré, –dijo Miguel– quitándose la mochila y desprendiéndose de la camisa y de los zapatos

viernes, abril 14, 2006

El Viejo convento. Capítulo XI

Tomaron el camino de la izquierda y empezaron a descender por una estrecha escalera de piedra tapizada de moho. El lugar era oscuro y sombrío, la humedad era la dueña absoluta del lugar.
Adrián que iba el primero, notó las resbaladizas losas y avisó prudentemente a sus amigos:
–¡Debemos caminar con cuidado, esto parece una pista de patinaje!
–¡Miren eso! –Ana señalaba el borde de la escalera donde supuestamente debería ir un pasamanos. –Hay un precipicio que se pierde sólo dios sabe en qué agujero remoto.
Acabado de decir esto, ella que caminaba detrás de Adrián resbaló y empezó a rodar por la angosta escalera.
–¡Agárrate a las piedras, Ana! –gritaba desesperado su hermano.
–¡No puede, la humedad las hace deslizantes! –Gritó Adrián
En su precipitada caída arrastraba la mochila que, de pronto, quedó enganchada en una piedra saliente allí donde se terminaba el borde de la escalera. Ana se agarró con la fuerza del que teme por su vida y quedó prendida del precipicio. Cuando llegaron, entre todos la izaron y ayudaron a alcanzar la escalera.
–¿Ves como había que caminar con cuidado? –¡Podías haberte matado! –le recriminó, de forma cariñosa, su hermano.
–De aquí en adelante iremos juntitos y si es necesario nos ataremos unos a otros. He perdido mi linterna en la caída.
–¡Bueno! –utilizaremos las nuestras, pero habremos de aumentar las medidas de seguridad.
Siguieron bajando, esta vez con mucho cuidado, procurando poner sus pies en lugar firme. Estaban exhaustos, pues la bajada y la tensión les tenían agotados. De vez en cuando hacían un alto para coger resuello y aminorar las palpitaciones de sus corazones que en algunos momentos parecía que se les salía por la boca. En uno de estos se sentaron en la escalera y comieron algo. Miguel, de forma distraída, apuntó con la linterna hacia arriba y hacia los lados y su sorpresa fue mayúscula al descubrir que la escalera que bajaban era paralela a otra.
–¡Miren allí! Esa debe ser la otra que no elegimos, la de la derecha. –Apuntó un poco más abajo y dijo:
–Chicos, hemos acertado eligiendo la de la izquierda. –¡Vean eso!
La otra escalera estaba cortada y no había más camino que un enorme precipicio.
–Pero debía conducir a algún sitio, ¿no? –preguntó Ana.
–Si claro, pero eso a nosotros ya no nos afecta. Desde aquí o continuamos descendiendo o para subir necesitaríamos un ascensor porque yo no puedo ni arrastrar los pies. Debemos seguir bajando –concluyó Miguel.

El Viejo convento. Capítulo XI

–¡No sabéis lo que hacéis! – Esa es una zona muy peligrosa.
–Eso de peligrosa lo hemos podido comprobar, y después de todo lo que hemos pasado no nos vamos a volver atrás, seguiremos con tu consentimiento o sin él así que, o nos ayudas o te retiras y nos dejas pasar. Los chicos miraron asombrados a Miguel. Estaba furioso y había respondido de forma tajante.
–Allá vosotros, yo ya no puedo impedíroslo, pero una cosa sí os digo: si encontráis ese tesoro, dadlo a conocer al mundo, que todos sepan que estuvo bien custodiado y que nuestra descendencia ya no puede hacer más. El hombrecillo, se dirigió al pony, lo cogió por las riendas, y tiró de él desapareciendo por una de las escaleras.
Ana corrió tras él gritando:
–¡Eh!– ¡Espera!–¿Qué camino debemos tomar?
Pero ya el pony y el guardián habían desaparecido y Ana con desánimo volvió junto a sus compañeros.
–Ha desaparecido. Ya no está.
Los chicos recogieron sus cosas en silencio y se dirigieron a la bifurcación.
–¿Derecha o izquierda? – preguntó Adrián. Hay que elegir un camino, hasta ahora todo lo que hemos hecho ha tenido cierta lógica, pero escoger un camino... ¡no sé…!
–Bueno, veamos lo que hemos hecho hasta ahora: –Miguel fue enumerando con los dedos de su mano. Las puertas las escogimos por los colores al encender la habitación. Las joyas las unimos por el orden en que fueron conseguidas. Hemos seguido, más o menos, las indicaciones de las anotaciones en latín.
–Esto debe tener algún significado –derecha, izquierda ¡Lo haremos con una pequeña votación! –sugirió Ana –Es más fácil y así nos libramos de discusiones.
–Vayamos otra vez al establo y busquemos algunas pistas que nos puedan ayudar, y si no es así, lo haremos como dice Ana –Dijo Miguel.
Regresaron al establo donde había estado el caballo y allí se quedaron mirando por todos lados buscando algún indicio que los ayudara a decidir cómo seguir adelante.
–¡Miren, existen dos pesebres, uno está lleno y, sin embargo, el otro está vacío y plagado de telarañas viejas! Por este camino iba y venía el pony con su ciego jinete Está claro que debemos elegir el camino de la izquierda si queremos encontrar algo.

El Viejo convento. Capítulo XI

–¿Qué hacéis aquí? –¿Quiénes sois? –Diciendo esto casi tocaba el hombro de Miguel. Al verlo de cerca vieron que los ojos los tenía blancos, sin pupila.
–¡Es ciego! – Murmuró Alicia.
–Si, soy ciego pero os veo perfectamente. –La voz, grave para el tamaño que tenía, sonó gutural y cavernosa. –¿Qué estáis haciendo aquí y cómo habéis llegado? –Este sitio está prohibido a los que no son descendientes de los grandes guardianes y está claro que vosotros no lo sois.
–¿Quienes sois? –Insistió de nuevo.– Su forma de hablar le parecía a los chicos un tanto anticuada.
Venciendo sus temores, los muchachos se fueron poniendo en pie uno a uno hasta que Miguel se adelanto y carraspeó:
–Nosotros estábamos de excursión en el prado, cerca del convento, –hablaba atropelladamente, -y, como ves, ahora estamos aquí y deseamos seguir. Y creemos que no debes impedírnoslo porque no vamos a hacer nada malo. Ana, la última en levantarse preguntó:
–¿De qué guardianes hablas? –¿Quién eres tú? –Ana preguntó a borbotones y con tono imperioso.
Con voz solemne el diminuto ser respondió:
–Soy el último descendiente de los guardianes que protegían el tesoro. De toda mi familia ya sólo quedo yo, y estoy muy viejo para poder seguir con esto. Diciendo esto se dejó caer sentado en las losas del suelo, con aire desolado.
–¿El tesoro? –Adrián, ansioso, preguntaba de forma rápida. –¿Qué tesoro?
–No lo sé, nosotros lo llamamos así pero nunca hemos sabido lo que guardamos; lo hacemos desde hace más de 700 años. Éramos los encargados de vigilar y cuidar esto y nuestro deber es no dejar pasar a nadie.
Aquel personaje, con la estatura de un niño de siete años y con una voz atronadora, los señaló y recorrió con la ciega mirada a los cuatro.
–¡Vosotros no podéis pasar por aquí! – Dijo levantándose enérgicamente.
–Pues no creo que puedas impedírnoslo – Respondió Alicia con voz segura y resoluta recogiendo sus cosas.

El Viejo convento. Capítulo XI

Se acercaron despacio al extraño animal y pudieron comprobar que estaba medio cojo de una pata delantera. Tenía incrustada una afilada piedra entre los cascos y, un poco más arriba, la espina de un zarzal se había clavado y le sangraba un poco.
–Pobre animal, está sufriendo.
Alicia sacó de su mochila unas vendas y se acercó temerosa de que le pudiera dar una coz. El animal estaba triste, tanto que Alicia se acercó superado el miedo, le quitó la espina con un golpe rápido y tirando con fuerza pudo sacarle de los cascos la piedra que molestaba al bello animal. Después le puso una venda, mientras, con ternura, le acariciaba. El pony la miró, con ojos agradecidos y se puso a comer de su pesebre.
–Que tierno, me recuerda a unos cuentos que nos leía mamá de pequeños.– ¿Te acuerdas Adrián?
–Si, Claro que me acuerdo, el cuento se llamaba “El Unicornio sabio”. ––contestó Adrián. –yo creía que estos animales sólo existían en las leyendas y cuentos y en la imaginación de los escritores.
–Yo he leido que ese cuerno no es tal, sino un remolino de pelos que han tomado esa forma – intentó explicar Miguel.
–Después de lo que hemos visto aquí, me creo todo, y si este pony tiene un cuerno, pues es un unicornio. –Para una vez que vemos uno, ahora resulta que no es. –Comentó Ana un tanto enfadada.
–Pero ¿Quién le estará dando de comer? –¿Y esas huellas que vimos? Se nota que pertenecen a un niño o a una persona diminuta.
No había terminado de decir esto, oyeron unos pasos cortos que se acercaban.
Tenían delante de ellos a un ser diminuto, ataviado con largas ropas de diferentes colores y con el pelo extremadamente largo y enmarañado. Los chicos al verlo aparecer, intentaron esconderse tras el pesebre pero todo fue inútil, el extraño personaje se acercó a ellos y los señaló con el dedo índice.

domingo, abril 09, 2006

El Viejo convento. Capítulo XI


–¿A quién creen que pertenecen esas huellas?
–Parecen de un caballo, pero bastante pequeño, por la escasa distancia que existe entre las mismas; posiblemente de un pony o si no, de un caballo enano. Las otras huellas son más o menos del tamaño de las nuestras. Pueden ser de algún chico o de alguna persona diminuta –manifestó Adrián observando las huellas.
–¿Entramos?
–¡Tengo miedo! –dijo Alicia –está todo muy oscuro.
–Pues si tienes miedo –dijo su hermano– te esperas aquí afuera hasta que hayamos investigado en su interior y podamos regresar con información.
–¡No, aquí sola no! –Prefiero ir todos juntos.
Se prepararon, cargaron las linternas con pilas nuevas y se adentraron en la cueva. Se podía percibir el tintineo monótono de agua al correr y el ruido de su caída; el camino estaba bastante encharcado y las paredes rezumaban agua por todos sus poros. Ellos habían llenado sus cantimploras en el río y no se atrevían ni a tocar el agua verdosa que se escurría por las paredes cargadas de musgo de aquella cueva. Cuando llegaron al final de la misma, se encontraron con unas escaleras que bajaban y que tenía una bifurcación: a la derecha y a la izquierda. A un lado estaba un enorme rellano, medio en tinieblas de donde salía una agotada respiración. Adrián se acercó con una linterna y lo que pudo observar lo dejó pasmado. Al fondo, donde moría el rellano existía un establo en el que vieron a un pequeño pony dorado que parecía inquieto. Disponía de un enorme cuerno sobre sus morros. Era un cuerno pequeño y retorcido como las columnas salomónicas. Tenía cuatro colores, el verde en la punta, luego el rojo, le seguía el azul y junto al hocico el color dorado que se confundía con el conjunto del pelaje del caballo.

domingo, marzo 26, 2006

El viejo convento Capítulo XI

La joya yacía en el agujero, apagada, y sus pedazos parecían sueltos. Miguel se acercó y la cogió. –¿Ven?, está apagada y aquí no pasó nada.
Al acabar con aquella frase la luz de las antorchas empezó a fluctuar y se oyeron ruidos de corrimiento de tierra que sentían bajo sus pies, como si las losas se moviesen nerviosas. No les quedó tiempo de otra cosa que chillar presos del pánico y correr en una huída loca y apresurada; la adrenalina estaba a flor de piel.



Viaje a las profundidades



La tierra se abrió, con un rugido, bajo sus pies y cayeron gritando al negro abismo. Se perdían en la oscuridad mientras caían más y más; creían que aquel inmenso agujero, más parecido a un cráter, no tenía fin, pero no terminaban de llegar a ningún fondo; sorprendidos comprendieron que algo retenía el impulso de la caída al vacío; cuando pensaban que todo había acabado y que iban a morir, comprendieron que una corriente de aire cálido los sostenía en un monótono vaivén. Mientras flotaban oyeron un ruido de pisadas de algún animal con cascos que se hacía a cada momento más intenso.
Por fin tomaron tierra en algo parecido a un descampado oscuro y desolado, se agazaparon tras unas piedras y se pusieron a esperar, mientras el corazón les retumbaba en el pecho.
–Chicos. ¿Están todos bien? – Susurró Ana.
–Si, gracias a no se qué o quien. Por lo menos aterrizamos blandamente.
–Seguro que la polvareda de los desprendimientos ha atraído a algún animal salvaje –dijo Alicia –y si la brisa la tenemos en contra enseguida podrán olfatearnos.
El ruido de cascos aumentaba por momentos y, después de un zumbido extraño, desapareció. Ya no se oía nada. Los chicos se miraron y, en posición agazapada, permanecieron así un largo rato; nadie osó hablar, mantenían un silencio cómplice.
Pasado un tiempo, y a la vista de que nada nuevo sucedía, unidos de la mano fueron a investigar al lugar por donde creían que había desaparecido el ruido. Allí, entre el humo del desprendimiento, pudieron comprobar la entrada a una pequeña cueva que había sido disimulada con ramas y maderos gruesos. Delante de la entrada, el suelo estaba tapizado por una zona fangosa, donde podía contemplarse, a simple vista, la huella de algún animal que debía llevar cascos o herraduras. A su lado existía otras huellas pero estas pertenecían a un ser humano, eran pequeñas, posiblemente de un niño

domingo, marzo 19, 2006

El viejo convento.Capítulo X

Después, las cuatro armaduras se retiraron. Cada una caminó de espaldas hacia su rincón blandiendo amenazantes sus afiladas espadas. Permanecieron silenciosas en sus esquinas.
–¿Qué diablos hacemos ahora? –¿Qué ha querido decir con eso de que nosotros continuamos? –Dijo Miguel. Si soltamos la joya en el hueco de la losa, como teníamos previsto, las armaduras caerán irremisiblemente sobre nosotros y nos matarán, pero si no la ponemos ahí nunca sabremos qué pasará.
–¡Ya sé! –dijo Alicia. –Como la losa está en el centro de la habitación y los rincones están lejos de ella, 3 de nosotros se ubicarán en la puerta de salida y uno pondrá la joya en el agujero.
–Tu estrategia tiene un fallo –dijo Adrián. Puedes alejarte de dos caballeros, pero existen otros dos que están muy cerca de la puerta y nos alcanzarían antes de que lleguemos a ella.
–¡Pues, hay que pensar algo!
Reunieron todas las cajas que pudieron y rodearon al caballero verde y al rojo con ellas, que eran los más cercanos a la puerta. Las cajas las amontonaron hasta cerca de sus hombros; con ello pretendían impedirles salir corriendo.
–Ahora, acordemos a quien le toca poner la gema, pues habrá que sortearlo.
–No hace falta –dijo Adrián, yo mismo lo haré.
–Pero las cosas no son así, pues yo también quiero hacerlo y por eso habrá que rifarlo –dijo Miguel.
Dicho esto sacó una moneda del bolsillo, la lanzó al aire y la cogió al vuelo, después cerró la mano.
–¿Cara o cruz, Adrián?
–Cara dijo este.
Miguel, abrió la mano y miró a todos:
–Lo siento amigo, me tocó.
Los otros tres se colocaron ante el portón que da al salón, preparados para recibir a Miguel que llegaría corriendo; para a continuación y, a toda prisa, cerrar la puerta.
Miguel se acercó con parsimonia a la losa y se puso en actitud de empezar a correr.
Soltando la gema con delicadeza en el agujero emprendió la huida. A medio camino comprobó que no pasaba nada de nada. Las armaduras seguían inmóviles y el salón permanecía igual. Paró en seco su carrera y dijo a sus compañeros con cierta decepción:
–Como hemos podido comprobar, no pasa nada, chicos.
Los otros se acercaron con cautela mirando a su alrededor.
–Todo sigue igual –insistió Miguel.

lunes, marzo 13, 2006

El viejo convento. Capítulo X

–Pues bueno, empieza a leer.
Ana acercó la libreta a una antorcha y comenzó la lectura:
–"Cada puerta forma un todo ordenado. El orden viene dado por la luz. Cada puerta es una entrada pero no una salida. El orden desordenado conduce al caos"
–¿Quién entiende este galimatías? –dijo Alicia decepcionada.
Ana cargada de paciencia manifestó:
–Bueno intentemos analizar las frases y puede que lleguemos a alguna conclusión.
–Veamos: "cada cuarto forma un todo"
–¡Lo tengo, lo tengo! –Gritó alborozado Adrián. –Supongo que querrá decir que uniendo los cuatro pedazos de joyas obtendremos otra que formará el todo ¿no?
–Si claro –contestaron los demás –¿Pero y lo de ordenado? –Podría ser...poner cada piedra según el orden en las encontramos, que en definitiva es el mismo orden que nos dieron las antorchas.
–¡La luz! Gritó Miguel ¡Aquí la tenemos! El orden que da la luz de las antorchas.
–Lo de la puerta que dijera que es entrada pero no salida, ya lo sabemos, pues en el viaje vimos cómo se cerraban las puertas detrás de nosotros una vez traspasadas. Y, en cuando al "orden ordenado" –añadió Miguel, no puedo pensar otra cosa que no sea la ordenada colocación de las piedras. Puede ser que si no las colocamos bien pase algún desastre o que sé yo.
Ya con la losa limpia, sacaron las piedras de la mochila y las colocaron encima de la losa y se quedaron observándolas indecisos.
–Bueno, hagámoslo de una vez –sugirió Miguel –cogiendo la esmeralda y manteniéndola en la palma de la mano. Con la otra mano tomó el rubí que unió a la esmeralda. Las dos piedras lanzaron un destello y se unieron produciendo un leve chasquido parecido al de una caja cuando se cierra. Las piedras permanecieron unidas con tanta fuerza que no existía forma humana, al menos ellos no podían, de separarlas aunque tiraran todos juntos. Parecía como si se hubieran fundido entre ellas.
–Esto funciona –dijo Ana. Sigamos.
Luego Miguel cogió la turquesa y también la unió a las demás y lo mismo hizo con el topacio. Cuando todas las piedras estuvieron reunidas, el estallido de luz que salió de la joya los dejó ciegos por algún momento. Levantaron la cabeza y el salón estaba resplandeciente, limpio y nuevo. Los tapices habían recobrado su forma anterior, incluso, en las cuatro esquinas del salón estaban las cuatro armaduras con sus relucientes colores. La única diferencia es que ya no estaban las cuatro puertas de colores.
La joya, en la mano de Miguel seguía resplandeciente y soltando destellos. De pronto oyeron un ruido metálico y vieron que venía hacia ellos la armadura verde. Se acercaba con paso lento pero firme, y luego la roja y, después, la azul y, por último, también llegaba la dorada.
Empezaron a retroceder hasta tocar con las espaldas uno de los tapices. Allí ya no podían hacer más y estaban asustados sin saber cómo actuar ante el avance implacable de aquellas armaduras de distintos, pero vivos colores. Cuando éstas les alcanzaron, de forma precipitada, pero con pericia sacaron sus respectivas espadas. Entonces sucedió algo que les dejó boquiabiertos. De la reciente formada esfera, salieron rayos de distintos colores. Las armaduras, al ser tocadas por estos, pararon e hicieron ademán de retroceder.
La armadura verde dijo con voz de ultratumba y en tono receloso:
–Disponéis de la protección de la joya y ahora sois los amos. Nuestra misión acaba aquí, ahora debéis continuar vosotros y si lo hacéis mal, aquí estaremos para daros vuestro merecido.

El viejo convento Capítulo X



Ana empezó a forcejear con las gemas y dando manotazos las soltó.
–No las puedo juntar. Dijo Ana. Llevo rato intentándolo y no hay manera de que se unan. Creo que hay que bajar a la sala de los tapices e intentar pegarlas en aquel lugar ¿De acuerdo?
Todos asintieron, reunieron algunas cosas que introdujeron en sus mochilas y tomaron camino del gran salón de los tapices.
Cuando traspasaron la puerta, la atmósfera que podía respirarse era distinta a la de otras ocasiones. Ahora olía a moho y a paso del tiempo, a tiempos pretéritos. Los tapices también lucían diferentes. Estaban deshilachados, viejos y sucios e, incluso, tan deteriorados que apenas podían distinguirse los símbolos y dibujos que figuraban en ellos.
–¿Que ha pasado aquí? ¿Quién ha hecho esto?
–Yo creo –dijo Adrián, que este deterioro repentino tiene algo que ver con las gemas; no lo sé pero lo presiento.
Las cuatro armaduras de colores que antes estaban en las esquinas habían desaparecido, así como las cuatro puertas. El salón sólo era un lugar que rezumaba humedad y moho por todos lados. Los tapices y cortinas se caían a pedazos. La losa del suelo estaba cubierta de un fango verdoso y el agujero central apenas se veía; las inscripciones estaban casi borradas.
–Habrá que limpiar todo esto.
Se acercaron a la habitación donde habían encontrado las cajas llenas de ropa antigua y con ellas limpiaron toda la losa.
–¡Ya está! ¿No sienten una ligera corriente que sale de los bordes de la losa?
–Si, pero ¿a alguien se le ocurrió copiar las inscripciones? –Es que están casi borradas.
–Yo las copié –contestó Ana, sacando una libreta de su mochila. Aquí está, como podrán observar permanece un poco deteriorada o quizás, sería mejor decir, bastante estropeada por el agua. Pero, desde luego, se entiende todo lo que escribí acerca de la traducción que nos dio el profesor.

lunes, marzo 06, 2006

El viejo convento Capítulo X



El sol de aquel medio día pronto les secó las ropas y enseguida tomaron las cañas, no sin antes rifarse a ver quien cuidaba las mochilas y permanecía haciendo guardia en el campamento. En otras ocasiones habían observado a vagabundos merodear por aquella apartada zona. La vigilancia le cayó en suerte a Adrián que, a regañadientes, se sentó junto a las mochilas y se puso, para pasar el tiempo, a jugar con unos palos y piedras que estaban en el suelo. Los otros se alejaron canturreando y gastando bromas con la suerte de Adrián.
Después del merecido descanso, los pescadores volvieron con sus capturas. Habían logrado pescar un par de truchas y se encontraron con Adrián que había ordenado todo el campamento, había dispuesto las piedras y los pergaminos sobre una toalla y también había sacado apuntes de todo lo que debían hacer, de las frases en latín e, incluso, hizo unos dibujos del recorrido que, según él, habían realizado, otorgándole nombres a los lugares y cosas.
–¡Chicos, vengan a ver esto!
–¿Qué es? Preguntaron los demás.
–Ya lo verán, siéntense a mi lado y vean esto que les voy a mostrar.
1º Encontramos los restos de un convento semiderruido, pero que en su interior había sorpresas.
2º Traspasamos las cuatro puertas de colores y de todo ese recorrido también confeccioné un pequeño plano.
3º De cada puerta nos trajimos una joya y un pergamino. –Los pergaminos se los dejaremos a Don Adolfo para que vaya haciendo la traducción.
Adrián estiró unas hojas de papel sobre el mantel.
–¿Que les parece este plano? ¿Recuerdan algo que yo haya olvidado?
–Yo creo que todo está muy bien. –La verdad es que te ha salido perfecto. Contestó Ana.
Después de un ligero descanso se aproximaron al convento. Allí, con cuidado, sacaron las piedras y las estuvieron observando con detenimiento. De cada una de ellos procedían unos destellos que los dejaban medio hipnotizados.
–¡Cuidado! Advirtió Adrián. No las miren muy fijamente, pues cuando las estuve colocando sobre la toalla, las miré y me sentí bastante raro.

viernes, marzo 03, 2006

El viejo convento Capítulo X

Las 4 gemas

¡Estamos en casa! ¿Cómo es posible?
Se miraron unos a otros sin comprender lo que estaba sucediendo. Se sentaron en el suelo y quedaron atónitos. De pronto les dio un ataque de risa, que se convirtió en unos hipidos nerviosos que les llevó por último a revolcarse de alegría.
–¡Estamos en casa! ¡Estamos en casa!
Cuando se recuperaron del estupor y del ataque de risa, Miguel abrió la mochila y sacó cuatro pedazos de cristal. Los demás guardaron un ceremonial silencio y miraban de forma casi hipnótica los ágiles movimientos de las manos de Miguel. Las cuatro gemas estaban esparcidas en el suelo: una esmeralda, un rubí, una turquesa y un topacio.
–¡Vamos a unirlas a ver que sucede! –comentó Alicia.
Miguel lo intentó pero le fue imposible, las joyas no se mantenía unidas. Todo intento fue en vano.
–¡Pero bueno! ¿Ahora qué? ¿Se suponía que iban unidas? –dijo Adrián preso de la frustración y el desaliento.
–¡Mierda! –tanta historia para nada.
–Bueno –dijo Miguel –no desesperemos sin antes ver que es lo que podemos lograr con estas gemas.
–A lo mejor es que hay que unirlas en otro lugar –añadió Ana.
–¡Sí! Seguramente en la sala de tapices.
–Vayamos a intentarlo ahora, total, el tiempo no ha pasado, así que tenemos todavía dos días para averiguar todo este complicado asunto e intentar darle una solución satisfactoria al tema.
–Lo que debemos hacer –dijo de forma muy juiciosa Alicia, es montar el campamento por si a nuestros padres les da por echar un vistazo.
Cuando el campamento estuvo montado, se bañaron y jugaron en el río. Se tumbaron en la fresca hierba a descansar y a ver de qué forma hacían lo que les faltaba para dar con la solución correcta.

domingo, febrero 26, 2006

El viejo convento Capítulo IX

Apenas lo hubo tomado, echó a correr detrás de los otros que le llevaban una pequeña ventaja de unos pocos metros. A medida que corrían se daban cuenta de que todos los animales del lugar les perseguían con una furia sólo comparable a la del temor al fuego cuando la sabana arde. Les seguían, junto con leones y leopardos, una manada de elefantes barritando, y monos dando gritos, hienas gimiendo como si rieran y lloraran a la vez.
Siguieron corriendo y llegaron al montículo donde vieron que estaba casi todo cubierto por una espesa niebla, tan espesa que parecía que se podía coger con la mano.
–¡Adelante, no nos podemos parar! –Chilló Adrián.
Siguieron corriendo y se adentraron en la densa niebla hasta que ésta les envolvió y, entonces, pararon de correr.
–¿Alicia? ¿Ana? ¿Miguel?
–Sí, aquí estamos.
Por el sonido de sus voces supieron donde podía estar cada uno. Se acercaron y se cogieron de las manos.
–¿Tienes la joya Miguel?
–Si –contestó éste con seguridad, –la colocaré junto con las otras.
–¿Pero es que esta niebla no se va a quitar nunca?
–Ya no se oye el ruido de la estampida, –¿Qué habrá pasado? –¿Dónde habrán ido a parar todos aquellos animales?
Pasados unos pocos minutos, la niebla se fue disipando poco a poco hasta que desapareció por completo. Los cuatro, cogidos de la mano, se quedaron mirando atónitos a su alrededor, no podrían creer lo que estaban viendo. Se encontraban en medio de la campiña, junto al riachuelo al que solían ir a pescar todos los sábados y, según comprobó Miguel en su reloj, eran las 9 horas del sábado.

El viejo convento Capítulo IX

Abrieron la puerta dorada y el ruido que de ella salió los dejó petrificados. Ruido ensordecedor de insectos, pájaros, animales que corrían, chillaban… rugidos de fieras. Terminaron de traspasar la puerta y, como siempre, ésta se cerró. Vieron unas bandadas de pájaros, cientos de ellos revoloteando, en formación, a su alrededor, chillando como locos. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luminosidad de la estancia, comprendieron que se encontraban en una inmensa pradera.
– ¡Miren, es como la sabana de las películas sobre África!
La hierba era frondosa y toda la pradera estaba poblada de hermosos árboles. Había zonas de pantanos y junglas donde bullía la vida y también la muerte. Empezaron a caminar con cautela, sobresaltándose a cada instante por algún acontecimiento a su alrededor. Fueron dejando atrás la zona más parecida a la jungla y se encontraron en medio de una hermosa planicie, con la hierba tan alta que a veces no se veían a ellos mismos.
–¿Dónde podemos ir? –Preguntó Ana –aquí todo es llano y no parece haber nada en donde pueda estar la siguiente joya.
Siguieron caminando y mirando con mucha precaución, pues sabían que la sabana es el hogar de los leones y otros felinos. Cuando creían que no iban encontrar nada y el desánimo prendió en ellos, observaron, a lo lejos, un árbol que les llamó poderosamente la atención, ya que no era un árbol corriente; tenía la forma de un poderoso león erguido; su copa y sus ramas formaban una hermosa melena ondeando al viento.
–Esa debe ser una señal.
Echaron a correr hacia el árbol, pero a medida que se iban acercando la figura del león iba desapareciendo y al llegar a él ya no era sino un simple ejemplar africano de acacia, con su copa extendida. Se quedaron mirándolo y observaron que a mitad del tronco había un agujero del que salía un resplandor amarillento. Detrás del árbol, a unos quinientos metros había un montículo parecido a una loma.
–¡Escuchen! –dijo Miguel –como no sabemos lo que pasará cuando recojamos la joya, propongo correr sin parar hasta aquel montículo, ¿de acuerdo? –Cuando cuente hasta tres salimos disparados.
–¡Uno! –agarren bien las mochilas.
–¡Dos! –listos para la carrera.
–¡Tres!, ¡ahora, rápido, corran!
Diciendo esto, metió la mano en el agujero del árbol y cogió el pergamino amarillo y un enorme topacio que resplandecía.

martes, febrero 21, 2006

El viejo convento Capítulo IX




–¿Oyen lo mismo que yo?

–¡Si, escuchen! –Dijo Miguel poniéndose rápidamente en pie. – Hay una tormenta, –¿Oyen los truenos?
–Si, pero parece que está aún muy lejos, tenemos tiempo de descansar y secarnos. Miguel se volvió a tumbar y siguieron inmóviles, quietos, estirados de cualquier forma en la orilla, intentando oír algún ruido aunque fuera de las hojas de los árboles.
–¿Se fijan?, Ahora no se oye ni un mosquito. Este bosque verde será muy bonito, pero esta más muerto que el gato de Miguel cuando lo atropelló la guagua del colegio– Dijo Alicia.
–¡Vale, venga ya! Recojamos todo que ya está seco y además la tormenta está cada vez mas cerca.
Tuvieron que desechar algunas cosas que se habían estropeado con el agua. El pan, los paquetes de galletas y algunos fósforos.
Cogieron las tres gemas y los tres pergaminos, los envolvieron en una camisa seca de Miguel y los guardaron en la bolsa de plástico en la que venía envuelto el pan. Se situaron enfrente de la puerta. Ya habían perdido el miedo, después de todo lo que les había pasado, cualquier cosa sería una simple tontería.
–¡Bueno chicos, adelante! –gritó Miguel levantando la mochila y colocándosela a la espalda –¡Vamos Allá!

El viejo convento Capítulo IX



La Puerta Dorada



Ana se despertó tosiendo y echando agua por la nariz y la boca. Se volvió y allí estaba su hermano y sus amigos, todos tosiendo y recuperándose de la travesía bajo el mar. Miraron a su alrededor y vieron que habían aparecido en un lago y que junto a éste estaba la puerta dorada. Más allá, al lado de una playa con arena dorada estaban encalladas todas las mochilas.
–¡Dios mío! que viaje. –Pensé que habías perdido las mochilas después de lo que nos costó conseguir las joyas– Dijo Miguel.
Ana cogió un pequeño botiquín del que sacó una caja de algodones y tiritas que repartió entre los chicos. Tenían las rodillas y los codos pelados del viaje, lo peor había sido la llegada al lago. Se curaron y se sentaron a descansar. La puerta dorada estaba allí, alta, luminosa, aguardando a que ellos la abrieran.
–Bien, aquí estamos otra vez –dijo Adrián –puedo imaginar perfectamente que la próxima joya que encontremos será amarilla, y si me apuran mucho, seguro que un topacio ¿Qué me apuestan?
–¡Uf! –todavía estoy medio ahogada por el viaje submarino –suspiró Alicia– Será mejor que comamos algo y descansemos, por lo menos hasta que se seque todo.
Vaciaron todas las mochilas y extendieron su contenido por el suelo y ellos se tumbaron a la orilla del lago a dormitar.
–¿Cómo estarán allá afuera? –¿Qué día será en casa?
–Eso lo sabremos cuando volvamos. –Más vale no preocuparnos de eso ahora, sino concentrarnos en lo que todavía nos queda.
De pronto, Adrián se sentó tieso y erguido, con la mirada puesta en la lejanía.

lunes, febrero 20, 2006

El viejo convento Capítulo VIII




Así lo hicieron. Cuando llevaban un buen rato andando oyeron el silbato de Alicia que lo hacía sonar de forma insistente. Todos lo oyeron y corrieron, cada uno por el sendero que había escogido, hacia el sonido del silbato. Al llegar hasta donde se encontraba Alicia, la vieron quieta, estática, mirando hacia la talla de un pez gigante situado en el centro de la cúpula. Era la talla en cristal azulado de un delfín en actitud de salto y encima del morro, entre los ojos, se encontraba una preciosa turquesa, con forma de ¼ de esfera.
–Habrá que cogerla con cuidado, seguro que pasa como siempre y aquí no disponemos de mucho espacio para correr, y tampoco podemos volver por esa puerta, pues no es de salida sino de entrada y está cerrada, así que preparados. –diciendo esto levantó la mano para coger la gema. Esta empezó a lanzar tales destellos que Miguel retiró la mano rápidamente.
–¡Venga, ahora o nunca!
Volvió a estirar la mano y cogió la turquesa. Todos se quedaron quietos esperando que ocurriera algo. Pasaron unos segundos y no sucedió nada; los chicos suspiraron, metieron la joya junto a las demás y empezaron a caminar sin rumbo fijo, pues no tenían ni idea de lo que debían hacer, ni de cómo comportarse en aquel momento. De súbito, escucharon ruidos extraños.
–¿Oyeron eso? –Es como un cristal que se rompiera.
Todos miraron al techo y vieron una enorme grieta, que como una serpiente recorría toda la cúpula.
–¡Corran, la cúpula se está resquebrajando y está entrando el agua!
Diciendo esto Miguel arrastró a su hermana Ana de la mano y la empujó delante de él. Adrián hizo lo mismo con Alicia y echaron a correr de forma desenfrenada. Todo fue inútil, las grietas se fueron agrandando y el pequeño valle que constituía la cúpula se fue inundando. De pronto perdieron pie y trataron de nadar, pero había una corriente que los arrastraba y ellos tenían que aguantar las mochilas y sobre todo no separarse. En el centro del valle se formó un enorme remolino que los condujo al lado de la estatua del delfín y allí se hizo tan fuerte que los arrastró dentro del pozo que se había formado. Perdieron las mochilas y todo lo que portaban. Bajaban con mucha rapidez, pataleando con el agua y evitando tragarla, hasta que llegó un momento en que no pudieron respirar y perdieron el conocimiento.

viernes, febrero 17, 2006

El viejo convento Capítulo VIII

Recogieron sus mochilas y sacos y se colocaron ante la puerta. Miguel estiró la mano para empujarla, pero antes de que la mano la rozara, ésta se empezó a abrir con parsimonia. Una vez estuvo abierta del todo, tuvieron que cruzarla apresuradamente pues la puerta se empezó a cerrar como en las ocasiones anteriores. Al atravesarla, se quedaron mudos de asombro: se habían adentrado en un mundo azul, todo estaba invadido por un resplandor azulado neblinoso, de atmósfera cerrada. Se oía el sonido de agua cayendo con fuerza, como si estuvieran cerca de alguna catarata. Miraron hacia los lados para ver de donde provenía el ruido y no vieron más que la neblina. Alzaron la vista y se quedaron petrificados: observaron que estaban dentro de una inmensa cúpula de cristal transparente que les dejaba ver todo lo que había a su alrededor. Asombrados, vieron que estaban rodeados de agua y protegidos por la burbuja cristalina.
En la parte exterior, en el agua nadaban unas enormes y pavorosas criaturas extrañas que ellos sólo habían visto en los comics o en las películas de terror. Caminaron hacia los lados y llegaron a las paredes de la cúpula. Dentro de la esfera había caminos y veredas y pudieron comprobar que el lugar no era muy grande pero profuso en vida. Se dispusieron para seguir la vereda que al parecer, y según los cálculos de Adrián, los llevarían hacia el norte.
Cuando llevaban un buen rato caminando, se detuvieron ante lo que les ofrecía la vista: sobre ellos, y por fuera de la cúpula, dos animales parecidos a un pulpo y una morena gigantesca se debatían en una contienda feroz. La morena abrió sus fauces, y de un fuerte tirón le rompió dos tentáculos al desdichado animal. Los chicos, paralizados de terror, encogidos de miedo miraban atónitos la escena,
–¡Sigamos! –dijo Miguel reponiéndose del susto – si no apretamos el paso no llegaremos nunca. Siguieron caminando por una vereda que luego se dividía en cuatro más.
–Dividámonos y que cada uno se reparta un sendero.

El viejo convento Capítulo VIII

–Bueno, dejemos la caminata ya y vayamos a descansar –dijo Adrián.
Aunque algunos no lo quisieran admitir, el grado de cansancio y el nivel de agotamiento era tal que inmediatamente quedaron dormidos.
Cuando el sueño les sometió, como por arte de magia, empezó la vida en el bosque. Unas ardillas se acercaron al campamento y unos escarabajos recogían las migajas de los bocadillos que se habían comido. Unos pajaritos en sus nidos, que piaban por su comida, alborotaban la vida en los árboles. El mundo animal bullía en la zona. Cada vez que alguno de los chicos se removía en el saco, tosía o carraspeaba, el bosque enmudecía.
Al despertar calcularon que habían dormido más o menos siete horas aunque no podían asegurarlo porque los relojes no funcionaban. El bosque permanecía silencioso. Alicia exclamó:
–¡Soñé que había animales y pájaros a nuestro alrededor! ¡Miren ese resto de mi bocadillo, yo lo dejé casi entero y ahora apenas queda un pedacito!
En las proximidades del campamento se notaba que alguien había revuelto sus cosas, no estaban como las habían dejado y había muchos restos de excrementos por todo el campamento.
-Parece como si esto fuera el cagadero del bosque, -comentó Ana, apartando con un palo una cagada que estaba rozando su mochila.
Todo a su alrededor eran huellas que les indicaba que en algún momento, mientras dormían, hubo una gran movida en el lugar. Vieron, en la hojarasca, los restos de estiércol y de algunas semillas caídas, que al ser recogidas a toda prisa por algún animal, cayeron esparcidas por todos lados.
–Está claro que en este bosque hay vida y que nosotros no la veremos, así que recojamos todo y entremos por esa dichosa puerta azul. –Ana, decidida, empezó a recoger sus cosas.
-¡A saber qué habrá detrás! ¡Seguro que nada bueno! De las anteriores hemos escapado por los pelos. Veamos qué pasa en esta. -Hablaba nerviosa pero en el fondo era la que más deseaba saber.

domingo, febrero 12, 2006

El viejo convento Capítulo VIII

La Puerta Azul


El sendero estaba completamente bordeado de árboles y de enormes y carnosas setas, que más parecían paraguas abiertos que lo que realmente eran. La hierba en algunos momentos inundaba el camino y se les hacía difícil andar. El verdor parecía un castigo y el aroma a flores les embriagaba de tal manera que a veces sentían que perdían todo sentido de la realidad. Allá donde quiera que miraran se encontraban con árboles, matojos y todo tipo de flores de colores, tal era la exuberancia del lugar.
–¿Se dan cuenta de que, durante todo el camino no hemos visto ni pájaros y ni siquiera un diminuto insecto? –Miguel hablaba, maravillado de lo que le rodeaba -¡Qué mundos tan extraños! Seguro que lo contamos y nadie nos cree, si es que salimos de aquí para contarlo.
Continuaron andando y llegaron hasta un pequeño montón de piedras mal apiladas donde vieron a un caballero con armadura azulada, depositando algo sobre una de las piedras.
–¡Oiga!– ¡Oiga! ¡Espere, por favor! – Le gritó Ana
El caballero se volvió con lentitud y les miró con ojos llenos de rabia; giró sobre sí mismo y se metió entre los árboles. Los chicos le siguieron a toda prisa, pero lo perdieron de vista precisamente cuando se toparon con una puerta azul. Se quedaron los cuatro estáticos ante ella mirándose entre sí:
–¿Que hacemos?– ¿Ahora qué?
–Lo siento –dijo Alicia con voz quejumbrosa, yo estoy agotada y no me quedan fuerzas para entrar en ningún sitio. –Necesito descansar, recobrar vigor para continuar.
–Yo estoy igual –dijo Miguel, así que propongo hacer un alto antes de meternos por esa puerta azul. El camino de vuelta para buscar la próxima puerta los había vuelto a dejar casi exhaustos y sus cuerpos les pedía descanso.
–De acuerdo –asintieron todos.
Montaron el campamento pero ya no estaban tan cansados y se pusieron a hablar alrededor de un fuego que habían prendido.
–¿Por qué no exploramos los alrededores de la puerta? –Ana, con su curiosidad habitual no estaba cansada en absoluto, quería investigar, saber qué vendría después de atravesar la puerta.
–¡Vale, de acuerdo!
Se levantaron Alicia y Ana que tuvieron que empujar a los muchachos que se hacían los remolones.
–¡Venga chicos, muévanse!
–¿Pero no habían dicho que estaban cansadas?
–Sí, pero para ir tranquilamente dando un paseo y observando el lugar no lo estamos.
Salieron por los alrededores de la puerta azul. Todo lo que la rodeaba tenía tonalidades en ese color; las piedras, los árboles, todo era azul y a medida que se alejaban de la puerta, el color iba disminuyendo en intensidad.

lunes, febrero 06, 2006

El viejo convento Capítulo VII


–Bueno –dijo Adrián devolviéndolas a su mochila, hay que descansar, así que cada uno a su saco de dormir y a aprovechar algunas horas de sueño.
Se retiraron cada uno a su saco y Miguel aprovechó el momento para acercarse hasta Alicia y cogiéndole las manos, le susurró al oído algo que ella no entendió pero sí notó: sus labios húmedos rozando su oreja. Azorada y tartamudeando le preguntó en voz apenas audible
–¿Co…cómo dices? –sabía perfectamente que no le había dicho nada, pero en su aturdimiento no era capaz de articular otra frase.
En voz baja y casi susurrando Miguel le contestó: –No…nada… sólo quería saber si te encontrabas bien. –Él estaba tan aturdido como ella y apenas podía responder serenamente.
–Esto..si…si…Estoy un poco cansada, pero estoy bien. ¿Y tú?
–Ah, si…muy bien, estoy bien, mejor será que durmamos y descansemos un poco. –Había un cierto desencanto en la voz de Miguel, pero se metió en su saco de dormir y le dio las buenas noches aunque el sol estuviera fuera y brillante como si de las nueve de la mañana se tratara.
Pasadas unas pocas horas los despertó un nuevo temblor que les hizo levantar el campamento y largarse de allí rápidamente. Lo mejor de todo es que habían podido descansar y se encontraban frescos para seguir.
De la cueva hacia arriba había un sendero que, hasta donde llegaba la vista no llevaba a ningún lugar. Miguel miró la brújula:
–¡Miren!, El sendero sigue hacia el oeste, deberíamos seguirlo. Se pusieron en marcha, pero no por mucho tiempo. El sendero terminó en un precipicio que parecía no tener fin.
–Chicos, aquí se acabó todo lo que había, habrá que dar la vuelta y volver por donde vinimos.
–Pero eso es imposible, Miguel ¿no recuerdas que la puerta roja no se podía abrir desde este lado?
–Pues algo hay que hacer, estamos atrapados y por aquí no hay salida.
Regresaron por donde habían venido, otra vez sorteando ríos de lava y lluvia de piedras y llegaron sanos y salvos hasta la puerta roja que estaba cerrada pero, a un pequeño toque de Alicia con la mano, ésta se terminó de abrir y pasaron de nuevo al bosque verde. Llegaron hasta el montículo de piedras donde habían encontrado la gema verde.
–Bueno, a ver que hacemos ahora.
–Yo propongo –añadió Miguel– ir en busca de la puerta azul.
Todos estuvieron de acuerdo y caminaron rumbo al este.

domingo, febrero 05, 2006

El viejo convento Capítulo VII

–¿Qué hacemos?
–¿Y si pasa igual que cuando cogimos la esmeralda?
Se quedaron pensativos, mirando a la joya y pensando en cómo cogerla. De pronto un movimiento de tierra debido a las erupciones del exterior hizo que toda la cueva temblara, haciendo zozobrar la peana que sostenía la gema. Esta cayó y fue rodando hasta los pies de Adrián, que la cogió inmediatamente y gritó:
–¡Salgamos de aquí, deprisa! ¡Corran!
La cueva se estaba desmoronando y la tierra bajo sus pies se abría, como bocas que quisieran tragárselos. Fueron sorteando los agujeros del suelo hasta que llegaron a la zona donde habían dejado las mochilas que recogieron a toda prisa y siguieron corriendo.
–¡Alto! –gritó Miguel. Creo que los movimientos han parado.
Con un ademán de llevarse los dedos a los oídos, les indicó que escucharan.
–Ya no se oye nada, será mejor asegurarse de que no hay peligro.
Después de haber mirado por los alrededores y ver que todo estaba tranquilo, se sentaron en coro, en una zona llana y despejada de escombros y se dispusieron a observar la gema recién adquirida.
–¡Es preciosa! –preguntó Ana ¿Qué es? ¿Un rubí?
–Sí –contestó Adrián, o por lo menos lo parece.
Miguel sacó de la mochila la piedra verde y la juntó con la roja. Sus filos lisos encajaban perfectamente; eran como si fuesen una misma pieza y hubiesen sido cortadas con algo tan fino y afilado que al juntarlas no se notaban los bordes. Ahora tenían formada media esfera pero presentían que ahí no acababa todo, pues recordaban los dos colores que faltaban. También tenían los dos pergaminos que habían dejado los caballeros de las armaduras, uno verde y otro rojo. Ambos escritos en latín.

domingo, enero 29, 2006

El viejo convento Capítulo VII

Ante ellos, el paisaje era dantesco. Cientos de volcanes vomitaban lava y cenizas y el suelo se abría bajo sus pies con enormes grietas que querían tragárselos. El cielo era completamente rojo y nada se podía tocar porque todo quemaba. Caminaban a duras penas sobre materia caliente y deslizante y el sudor les cubría el cuerpo y mojaba sus ropas.
Buscaron caminos y veredas por donde las piedras incandescentes y los ríos de lava no los quemase y así llegaron hasta un pequeño montículo desde donde se divisaba todo el panorama.
–¡Dios mío, nunca he pasado tanto calor como hoy! –Con la cara tiznada y llena de sudor, Ana intentaba desprenderse de la mochila que se le clavaba en la espalda.
–¡Si tardamos mucho en encontrar la próxima puerta creo que me derretiré! –gritó Alicia con voz potente y haciendo bocina con las manos para ser oída entre el estruendo de los volcanes. ¡Hay que buscar un refugio, rápido!
Por todas partes caían rocas inflamadas. Buscaron un camino, sorteando los agujeros del suelo y corriendo en fila india.
A veces debían hacer un alto para descansar y beber agua; el calor los estaba deshidratando y debían reponerla. Se sentaron sobre una roca menos caliente y Ana dijo:
–Escuchen, hay que buscar un sitio seguro para montar el campamento. Llevamos mucho rato caminando y todavía no hemos dado con nada. Tenemos que descansar y dormir que, aunque aquí el tiempo no corre, nuestros cuerpos sí notan el cansancio.
Los demás asintieron y se pusieron de nuevo en pie. Siguieron subiendo por el sendero hasta que, de pura casualidad, encontraron la entrada de una cueva que estaba camuflada por unas piedras y troncos quemados.
La cueva estaba bastante más refrigerada que el exterior, pero así y todo hacía un calor casi insoportable. Dejaron las mochilas en la entrada y se metieron dentro para explorarla y buscar una zona más fresca.
Al llegar al fondo vieron que estaba iluminada de rojo. Resplandecía por los rayos que desprendía el pedazo de gema roja como la sangre que se hallaba sobre una peana de roca de lava. Los chicos se quedaron boquiabiertos mirándola. Sus destellos casi los cegaban. Al lado de la gema se hallaba un papel enrollado.

miércoles, enero 25, 2006

El viejo convento Capítulo VI





Esperaron a que la armadura hubiese desaparecido y corrieron hasta la piedra y encontraron un papel enrollado. Intentaron leerlo pero no entendieron nada porque estaba en latín, y lo guardaron junto con la gema.
–¡Qué manía les ha entrado a todos ahora por el latín! –masculló Alicia harta ya de tanto misterio–.
Siguieron caminando hacia el norte y cuando llevaban recorrido unos cuatro kilómetros, Ana comentó:
–¿Se han dado cuenta de que llevamos bastante rato andando y el sol sigue en el mismo sitio?
–Tienes razón –dijo su hermano– Es raro.
Levantó la mano y miró su reloj.
–¡Chicos, son exactamente las nueve!– esa es la hora a la que cruzamos la 1ª puerta.
–¿Qué pasa aquí con el tiempo?
Dicho esto, todos miraron sus relojes y vieron que marcaban la misma hora.
–Tengamos en cuenta que este sitio no es muy normal que digamos –dijo Adrián– y no sabemos lo que puede pasar, así que sigamos adelante a ver qué pasa.
De pronto se quedaron mirando delante de ellos: allí, suspendida en el aire, y sin ningún tipo de pared que la sostuviera, estaba una gran puerta roja.

Capítulo VII


La Puerta Roja


Se pararon ante ella y vieron que estaba entreabierta. Se miraron y todos asintieron.
Miguel la empujó y ésta terminó de abrirse. El calor que de ella salió casi les quemó la cara. Sintieron que la piel se les arrugaba y se les estiraba y retrocedieron, pero ya la puerta se había cerrado y estaban dentro. El ruido era ensordecedor y el calor los estaba matando.
–¡Esto es un infierno! ¡Salgamos de aquí! –Gritó Ana.

lunes, enero 23, 2006

El viejo convento Capítulo VI



El bosque, por zonas, era húmedo debido a la altura de algunos árboles que no dejaban traspasar la claridad. No sabían qué camino tomar y Miguel dijo que lo más normal sería ir hacia el norte, pues había oído decir que cuando alguien se pierde, lo que debe hacer es ir siempre al norte que es donde suelen haber ciudades.
Alicia sacó la brújula y se orientaron. Siguieron una vereda bordeada por verdes árboles. El camino no siempre era cómodo de seguir, pues no era llano del todo y tenía algunos socavones que debían esquivar. Después de haber caminado un par de kilómetros, llegaron a un claro del bosque. En el centro de éste se alzaba un montículo hecho con piedras, parecía un altar cuya base estaba medio derruida. Encima de él había algo que lanzaba verdes destellos. Se acercaron, la rodearon y se miraron:
–¿Es esto lo que estamos buscando? –preguntó Alicia.
Sobre el altar había una piedra verde con la forma de un cuarto de una esfera.
–¡Es una esmeralda! –dijeron los chicos.
Alrededor del altar, en el suelo había unas señales hechas con piedras también verdes, pero opacas. Las piedras dibujaban una flecha que indicaba el norte.
–Bien, cojamos la piedra y sigamos esa dirección. No tenemos otra elección. Diciendo esto, Miguel estiró la mano y cogió la gema. En ese momento el cielo se cubrió de grandes nubarrones que derramaron su contenido sobre ellos. Truenos y relámpagos lo cubrían todo. Echaron a correr en la dirección que marcaba la flecha. Estuvieron mucho rato corriendo, tropezando y esquivando piedras y árboles caídos hasta que llegaron a otro claro. Ya casi no llovía y el fuerte aparato eléctrico se estaba alejando. De pronto oyeron un ruido metálico que los hizo esconder tras un enorme árbol. El ruido se fue acercando hasta que lograron identificarlo: Eran pasos, lentos pero acompasados. Hasta el centro del claro se acercó una armadura verde, brillante y reluciente. Del caballero que había dentro sólo se veían unos ojos amarillentos que lanzaban destellos y miraban hacia los lados con desconfianza.
El caballero se acercó a una piedra que estaba en el centro del claro y depositó algo encima de ella que los chicos, desde el lugar donde estaban, no podían ver. Se alzó, dio media vuelta y se fue por donde había venido, no sin antes lanzar su mirada terrorífica hacia donde estaban ellos escondidos.

domingo, enero 22, 2006

El viejo convento Capítulo VI


–¿Y ahora qué hacemos? –Adrián estaba desolado.
Ana, pensativa, se puso a juguetear con los dedos sobre la escritura en latín del pórtico, los pasó por las letras en las que decía "aquí esta la clave", Ésta, soltando un leve suspiro, se abrió. El aire fresco y con olor a limpio y a hierbas les dio en la cara y los animó a cruzarla. Miguel, que fue el último en entrar, casi se queda en el salón, pues aquella empezó a cerrarse rápidamente nada más ser traspasada por el primero. El lugar era un pequeño bosquecillo, verde y con grandes árboles. Los más cercanos a la entrada eran unos enormes sauces llorones. Nunca habían visto tanta frondosidad ni exuberancia en un bosque. Pequeños ríos y riachuelos con cascadas cantarinas poblaban el entorno. Miraron hacia atrás y vieron que la puerta estaba cerrada pero ésta ya no era verde sino roja.
–¡Miren, cambió de color!
–¿Qué puede significar?
–Yo creo –dijo Adrián–, que es el color de la 2ª puerta, pero eso ya lo sabemos gracias a la luz y al orden.
–Bueno, sigamos que no tenemos todo el día.

sábado, enero 21, 2006

COMENTARIO

ESTE CUENTO LO ESCRIBÍ HACE MUCHOS AÑOS Y NO LO HE QUERIDO RETOCAR PORQUE ME RECUERDA AQUELLOS TIEMPOS EN QUE ESCRIBIR Y PLASMAR IDEAS EN EL PAPEL PARECIA FACIL, AL ALCANCE DE CUALQUIERA. EL PROPIO PAPEL SE ENCARGABA DE ESCRIBIR, SE DEJABA TOCAR, MODELAR, QUERER...AHORA, EL TIEMPO, LA EXPERIENCIA Y LA LITERATURA ME DICEN QUE ESCRIBIR Y PLASMAR NO ES TAN FÁCIL, QUE REQUIERE MÉTODO, SABIDURÍA Y SOBRE TODO, CONSTANCIA....YO, LEYENDO ESTE RELATO, ME VEO EN MIS VEINTICINCO AÑORADOS E INOLVIDABLES AÑOS. POR ESO LO DEJO TAL Y COMO ESTABA, Y ASÍ SERÁ.

viernes, enero 20, 2006

El viejo convento Capítulo VI

La Puerta Verde

Durante la semana, ya conseguido el permiso de sus padres para acampar junto al riachuelo, desde el viernes por la tarde, se dedicaron a buscar cosas que para llevar, que les podrían hacer falta. Presentían que sería una aventura pero no sabían qué tipo de aventura, o si habría peligros, pero estaban decididos y ya nada podía pararlos.
La condición de sus padres, si querían ir de acampada, era que los padres de Ana y Miguel, que vivían más cerca del río, se acercaran a echarles un vistazo el sábado por la tarde.
–No hay problema, papá –contestó Adrián.
Llegó el gran día y se despertaron nerviosos y activos. Este amaneció luminoso y se respiraba el frescor de la hierba. Olía a verano. Salieron de su casa, con las mochilas cargadas hasta los topes. Se habían repartido los quehaceres: Ana llevaba la comida, fundamentalmente bocadillos. Miguel llevaba cuerdas y todas las herramientas que había podido cogerle a su padre. Adrián llevaba las tiendas de campaña y Alicia, aparte de las ropas que iban a necesitar, llevaba todas las copias de las traducciones que habían conseguido.
Iban cargados, pero algunas cosas estaban destinadas a permanecer en el campamento, al lado del río, y otras en el gran salón, pues para atravesar las puertas, si es que lograban abrirlas, sólo llevarían aquello que más falta les pudiera hacer.
Acabaron de montar el campamento, y ya, preparados con todo, fueron al salón: Se plantaron ante la gran puerta verde.
–¿Listos? –preguntó Miguel.
La empujaron pero ésta no cedió. Era algo con lo que ya contaban: que no se abrieran.

miércoles, enero 18, 2006

El viejo convento: Capítulo V

–¡Aquí no pasa nada!–dijo.
Los demás se levantaron de la losa y se acercaron a él.
–A lo mejor es que hay que encenderlas todas –dijo Ana.
Miguel, una a una fue encendiendo las antorchas y cuando terminó con la última, en el centro de cada tela se formó un gran de remolino del color del tapiz. Esto venía acompañado de un crepitar como si fuera leña quemándose, pero allí no estaba ardiendo nada, sólo era color. De pronto todos los tapices verdes lanzaron un rayo, al momento, los rojos, después los azules y por último los dorados. Todos ellos se juntaron en el centro de la losa y se metieron por la cavidad que allí había. Esta vez la fiesta de color había sido más ordenada que la anterior.
–¿¡Vieron eso?! –Los chicos miraban atónitos.
–Ya tenemos el orden: verde, rojo, azul y dorado. Supongo que eso era una señal, ¿no? –dijo Alicia.
–Probemos otra vez, pero ahora empezando por la antorcha de la derecha, podría ser distinto y no sabríamos qué hacer. –Diciendo esto, Ana decidida, prendió el mechero
–¡Vale! Así lo hicieron pero ocurrió exactamente lo mismo. No importaba por cual se empezara, lo importante era encenderlas y seguir ese orden
–Tenemos que repetirlo, pero ahora es imposible –sugirió Miguel, no estamos preparados. Lo podemos hacer la próxima semana y debemos pedir a nuestros padres que nos dejen venir de acampada y así podremos ver mejor y con más tiempo todo esto.

domingo, enero 15, 2006

El viejo convento: Capítulo v (página11 )

–¡Chicos, esto es un galimatías!
–Yo no pude averiguar nada en absoluto de castillos medievales, pues según los libros que consulté, se supone que en esta parte de la región no hubo ninguno – dijo Adrián.
–¿Y tú, Ana? – Preguntó Miguel –¿Qué averiguaste sobre los símbolos de los tapices?
–Son símbolos de origen celta que hablan del infinito pero no los puedo encadenar a nada. No tienen sentido.
–Yo averigüé –dijo Alicia –que el convento derruido era de los Monjes Benedictinos y que durante la I guerra mundial fue alcanzado por bombas que lo terminaron de arruinar del todo, luego, lo que quedó de él sirvió de refugio a caminantes e indigentes.
–Bueno, reunamos todo lo que sabemos –dijo Miguel.
–Hay cuatro puertas. En todas dice lo mismo: “es la entrada pero no la salida.” También dice que hay que seguir un orden, pero, ¿Cuál? ¿Cómo lo sabremos? ¿Y eso de que la luz es la clave?
–Bien, si decidiéramos entrar… ¿cual sería la primera puerta?
–¡Esperen un momento! –dijo Adrián. Cuando entramos en el salón, encendimos las antorchas y se iluminaron los tapices, pero no seguimos un orden. ¿y si lo hiciéramos así? ¿Y si empezáramos a encenderlas de una en una comenzando por la 1ª que nos encontramos al entrar?
–Esta podría ser una alternativa –dijo Alicia. ¿Por qué no probamos?
Quedaron todos de acuerdo y el próximo sábado irían al convento a averiguarlo.
–Esto tiene que quedar entre nosotros –Miguel, muy serio señaló a los tres. Ni media palabra a nadie ¿de acuerdo? Todos asintieron en silencio y comenzaron a recoger las cosas del suelo del parque.
Llegó el sábado y desde muy temprano se plantaron en el convento. Llegaron a la sala de los tapices, fueron hasta la losa y se sentaron a discurrir, y buscar soluciones. Tenían ante sí las cuatro puertas con sus inscripciones.
–En todas está la respuesta.
–De cada una debemos traernos algo, pero ¿el qué?
–Vale, vinimos a encender las antorchas y eso haremos, y según lo que pase, ya veremos lo que hacemos.
Miguel se levantó, con el mechero en la mano y se dirigió hasta la puerta.
–¿Por cual empiezo, chicos?– preguntó
–Da igual, elige una cualquiera –contestaron
Se acercó a la antorcha que tenía más cerca, la de la izquierda, y la encendió.

viernes, enero 13, 2006

El viejo convento: Capítulo V (página11 )

Investigando


Durante la semana se acercaron al pueblo y fueron a la biblioteca. Allí pidieron libros de Historia Medieval a la bibliotecaria, que los conocía pues durante el curso pasaban muchas horas estudiando para los exámenes.
–¿A qué viene ese afán por estudiar en plenas vacaciones de verano, chicos? –Estaba extrañada ya que en agosto la biblioteca estaba prácticamente desierta.
–Es que nos mandaron un trabajo para entregar el próximo curso y queremos adelantar un poco. –Contestó Adrián
–¿Si? ¿y en que consiste ese trabajo? –a los chicos, la bibliotecaria les estaba pareciendo muy curiosa y ya no sabían qué contestar–.
–Pues… Sobre iglesias antiguas, conventos, castillos... Sobre todo de conventos –terminó diciendo atropelladamente Adrián.
–Bien, esperen aquí que ahora les traigo la bibliografía adecuada.
Después de estudiar los libros y coger apuntes, se reunieron todos en una zona apartada del parque del pueblo y allí extendieron sus libretas y anotaciones para compararlas.
Miguel empezó a hablar:
–Yo tuve que recurrir al viejo profesor de latín Don Adolfo. Está medio despistado, pero de latín sabe la tira y me tradujo todo. Lo que pasa es que, para mí no tiene sentido nada de lo que dice aquí. –Miguel estaba decepcionado por lo poco que había averiguado.
–Miren esto, sobre cada puerta las frases se repiten: “En la luz está la llave.” “Esta es la entrada pero no la salida”.
–¿Y sobre la losa?– preguntaron los demás
–Sobre la losa viene una frase que no logro entender. Es rara y no sé... –Escuchen... "Los 1/4 forman un todo". "Si no hay orden es el caos" y "En cada puerta está el 1/4".

miércoles, enero 11, 2006

El viejo convento: Capítulo IV (página 10)



Avanzaron por la habitación, encendiendo antorchas y mirándolo todo con caras de sorpresa.
–¡Seguro que nadie ha estado aquí en muchos años! –dijo Ana–. Y probablemente tenía razón pues en algunas zonas el polvo era el dueño y señor del lugar.
Cuando llegaron al centro de la habitación, vieron que al lado de cada tapiz, y alternándose, había una enorme cortina. De pronto Alicia soltó un grito y cayó al suelo sentada.
–¿Qué pasó? –preguntó su hermano ayudándola a levantarse–.
–No lo sé, creo que metí la pierna en algo –contestó ella masajeándose la pierna con gesto dolorido–.
Miraron el suelo y se dieron cuenta de que estaban sobre una fría losa de grandes dimensiones. Se apartaron hacia los lados y vieron que en el centro había un agujero un poco más grande que una pelota de tenis.
–¡Ahí es donde metí el pie! –Alicia señaló el agujero–.
La losa formaba un gran rectángulo y en cada esquina tenía una muesca hendida, con forma de un cuarto de esfera. Al lado de cada una había un pequeño cuadrado en relieve, resaltado con un color medio desvanecido. En el centro de la losa, al lado del agujero donde Alicia había metido el pie, esculpidas en la piedra, unas inscripciones en latín que ellos se apresuraron a copiar.
Desde ese lugar, justo en la mitad del recinto, pudieron contar los tapices y cortinas. Eran 32 en total, 16 de cada uno. En las esquinas del salón había cuatro antiguas armaduras de caballeros y las cuatro con los colores ya conocidos. Cada una llevaba en el pecho el dibujo de una gran cruz y todas portaban una gran espada con la punta hacia abajo y agarrada con los dos puños.
–¡Fíjense en el tamaño de las armaduras! –les susurró Miguel–. Miden más de dos metros.
–Aún faltan muchas antorchas por encender y algunos tapices están a oscuras –diciendo esto, Ana cogió el mechero y empezó a encender cada una de ellas.
De pronto y con un estallido de luz, el espectáculo que se originó fue impresionante. De cada tapiz salía un rayo con el color del bordado y convergían todos sobre el agujero que había en la losa. La habitación quedó iluminada de colores que la recorrían; parecía la feria que llegaba en agosto al pueblo. Las chispas y centellas que salían de los tapices les recordaba al carnaval con los rayos láser. Permanecían atónitos ante el espectáculo de color.
En el centro de la sala, los muchachos encogidos de miedo ante tal demostración pirotécnica, permanecían estáticos y mudos por el asombro. De pronto, tal y como empezó, acabó todo en un segundo y el salón quedó sólo iluminado por la luz de las antorchas, entonces comprobaron que las cortinas eran también de los mismos colores que los tapices. Se acercaron a una de ellas y a Alicia se le ocurrió rodarla por si tapaba alguna ventana –era lo más lógico, pensó, pero su sorpresa fue mayúscula al observar que tras ella había una puerta de su mismo color. Echó a correr por toda la estancia descorriendo cortinas y viendo que solamente había cuatro que contuvieran una puerta, las demás sólo tapaban la pared.
Las puertas eran de cuatro colores, y sobre cada una había una inscripción en latín que copiaron rápidamente.
–Bueno chicos, hay que irse ya. – sugirió Miguel
–¿Ya es la hora? –preguntaron los demás. –El tiempo se les había pasado sin apenas percatarse.
–Si, son las seis y media, y tenemos el tiempo justo de recoger y regresar a casa sin levantar sospechas de nuestros padres.
Volvieron a sus casas, no sin antes repartirse trabajo para toda la semana:
–Veamos, –dijo Miguel. – Hay que hacer averiguaciones sobre esos símbolos y sobre lo que está escrito en latín. –¿Quién se ocupa de esto?
–Yo mismo puedo encargarme del latín ya que el año pasado lo dimos en el instituto y no saqué mala nota. –Propuso Miguel.
–Yo intentaré averiguar algo sobre conventos y órdenes religiosas –dijo Alicia.
–Y yo, –añadió Ana, –Iré a preguntarle Don Adolfo por esos símbolos tan raros.
–¿Tú que harás Adrián? – Los tres se le quedaron mirando expectantes
–Pues no sé… Intentaré averiguar qué castillos medievales había en esta zona. Esas armaduras debían de ser de algún caballero y éstos solían vivir en castillos, ¿no?
–Vale, volvamos a casa que ya es tarde.

lunes, enero 09, 2006

El viejo convento: Capítulo IV (página 9)

El salón de los tapices

Salieron de casa a las 8.30, así tendrían tiempo para investigar más a fondo. Al llegar al convento ya estaban allí Ana y Miguel con sus macutos cargados de herramientas y comida. Donde primero se dirigieron fue a la garita para inspeccionar si alguien había estado allí, pero todo estaba como lo habían dejado. La compuerta permanecía cubierta con unos matojos que Miguel, con el fin de evitar la visita de curiosos, había colocado el sábado anterior, ocultando la entrada.
Empezaron a bajar y llegaron hasta el final del húmedo pasillo donde se encontraron con el enorme portón que les cortaba el paso. Miguel y Adrián sacaron de sus macuto las herramientas y se pusieron a trabajar.
–¡Esto no cede ni un centímetro! – resopló Miguel, colorado por el esfuerzo.
Adrián cogió la palanca y presionó hasta que los dos esfuerzos sumados dieron su fruto. La puerta, a un empujón de todos a la vez se empezó a abrir con un sonoro crujido. Crujido que sonaba a vejez, a centenares de años.
Una vez abierta, entraron para quedarse frenados ante lo que tenían delante: una habitación tan grande o más que el gimnasio del instituto, que ya era enorme, estaba ante ellos. Permanecía oscura pero no tanto que no pudieran ver sus dimensiones. Por algún punto del techo y de alguna pared entraban unos tímidos rayos de luz.
–¡¡Guau!! – exclamaron todos a la vez.
–¡Qué enorme es! –el asombro los tenía sobrecogidos.
Al habituar la vista a la semioscuridad, pudieron ver unas antorchas a los lados de las paredes. Ana sacó las cerillas y encendió dos de ellas que estaban cerca de la puerta. Al hacerse la luz en parte del recinto, vieron que las paredes del inmenso salón estaban cubiertas con hermosos tapices y cortinas que llegaban hasta el suelo, cubierto de enormes losas de piedra. Avanzaron por la habitación, encendiendo antorchas y mirándolo todo con caras de sorpresa.
–¡Seguro que nadie ha estado aquí en muchos años! –dijo Ana. Y probablemente tenía razón pues en algunas zonas el polvo era el dueño y señor del lugar.
Los tapices estaban bordados con unos dibujos y unas inscripciones que dedujeron era latín, pues el curso pasado lo habían dado con el viejo profesor Don Adolfo.
Eran de cuatro colores: verdes, rojos, azules y dorados. Aparte de los símbolos había unas representaciones en cada uno de ellos. En los verdes predominaban los árboles, campiñas y zonas con hierbas. En los rojos, el paisaje era aterrador, siempre estaba presente algún volcán en erupción, o lava bajando por montes ennegrecidos por la acción del fuego. En los azules, los fondos marinos con todo tipo de criaturas que lo pueblan, y en los tapices dorados se veían unas extensas sabanas pobladas de leones, elefantes y animales de la selva. Los tapices estaban bordados con hilos brillantes como si de seda y oro se tratara.

domingo, enero 08, 2006

El viejo convento: Capítulo III (página 8)



Encabezados por Miguel atravesaron el pasillo que les condujo a una puerta de maderos ensamblados por gruesas vigas de hierro. No tenían salida, habría que volver atrás e intentarlo por el tragaluz que habían visto antes. Tuvieron que apilar varias cajas traídas de la habitación superior y construyeron una escalera por la que Miguel trepó y empujó la rejilla del ventanuco.

Salió a un patio trasero del convento. El agujero por el que había pasado estaba casi taponado por las hierbas y enredaderas. Ahora comprendió porqué nunca habían visto nada más que los viejos muros. El resto del convento se encontraba en una parte de la bajada de la loma y quedaba cubierto por la frondosidad del pequeño bosque. En el momento en que todos hubieron salido, se percataron de que faltaba muy poco tiempo para las siete, y si no se daban prisa llegarían tarde a casa. Se despidieron apresuradamente, no sin antes quedar para el próximo sábado en este mismo sitio.
Adrián y Alicia, al llegar a casa vieron que sus padres ya estaban preparados para cenar.
–¿No es muy tarde, Adrián? – preguntó su padre.
– No, papá, ahora son justo las siete.
–¿Cómo les ha ido el día? ¿Pescaron mucho?
Su padre, era el dentista del pueblo, y sus ratos libres lo dedicaba a ir de pesca, por lo que se pasaba el día arreglando los sedales, las cañas y haciendo preparativos con carnadas
– Pssch! Regular, no estaba bueno para pesca.
–Oye papá, ya que nos tienes prohibido ir a las viejas ruinas del convento, ¿por qué no nos hablas de él? ¿Tú crees que tienen algo que ver con la leyenda de los Templarios? –preguntó Adrián inocentemente.
Su padre se revolvió inquieto en la silla y carraspeó:
–No lo creo –contestó muy serio. El convento es una obra posterior a los Templarios, debe tener pocos cientos de años y siempre estuvo habitado por monjes hasta que, por la guerra, tuvieron que dejarlo
–No habrán estado allí ¿verdad?
–No, papá, pero cuéntanos algo sobre él. ¿Qué fue lo que pasó?
–Eso fue hace mucho tiempo, siglos, pero la historia no la sé exactamente, sólo sé que mis padres me tenían prohibido acercarme por allí. Decían que el lugar no era bueno.
–¿Tu obedeciste papá?
–¡Por supuesto! –contestó el padre, mirando de reojo a su esposa y sonrojándose un poco. Lo que no les contó a sus hijos es que una vez se había cagado los calzones cuando pasó por delante de las ruinas del convento y oyó unos aullidos que le erizaron los pelos. En ese momento le pareció, debido a su corta edad, que eran los gritos de algún fantasma, pero más tarde, ya mayor, lo identificó como el aullido de algún perro.
–¡Claro! –Insistió. Yo siempre obedecía a mis padres, así que lo que ustedes tienen que hacer es no acercarse por allí. ¿De acuerdo chicos?
–Desde luego, papá –contestaron los dos a la vez mirándose de forma furtiva.
Después de cenar, los dos hermanos subieron a sus habitaciones y allí se pusieron a hablar de todo lo que les había pasado ese día.
–¿Fue emocionante, verdad? –dijo Alicia con las mejillas arreboladas por la excitación.
–Sí, lo fue, y el próximo sábado deberíamos llevar herramientas apropiadas para poder abrir el portón del pasillo. No debemos olvidarnos de linternas, velas, cerillas... bueno, tenemos toda una semana para ir pensando lo que nos hace falta.
La semana se les hacía eterna. A lo largo de ella fueron recopilando las herramientas necesarias y las escondieron detrás de la loma que había cerca de su casa para recogerlo el día de la excursión.
Se pasaron el día hablando por teléfono con Miguel y Ana de todos los preparativos. Tendrían que hacer muchas cosas a escondidas de sus padres, ya que éstos se extrañarían al ver sus mochilas llenas de cosas no apropiadas para un día de pesca.
Llegó la mañana del sábado y como siempre, mientras su madre preparaba el desayuno, su padre les revisaba las cañas y la carnada.
–Bueno papá, hasta la tarde. Adiós mamá.

viernes, enero 06, 2006

El viejo convento: Capítulo III ( página 7)

Cayeron pesadamente en el suelo de una habitación oscura y oliendo a humedad. En silencio y aturdidos se fueron levantando para comprobar que una absoluta oscuridad lo envolvía todo. La altura de la caída no había sido mucha y enseguida vieron que se trataba de un habitáculo horadado bajo el puesto del centinela. La compuerta por la que cayeron se cerró repentinamente haciendo un leve crujido y una oscuridad espesa los cubrió. El miedo se hacía cada vez más intenso.
–¿Pero seré idiota? –Miguel dio un grito de júbilo. En el bolsillo tengo el mechero que mi padre me prestó por si asábamos el pescado cogido.
Lo encendió con dificultad y en un instante la claridad que surgió del encendedor quitó miedo al cuarto. Una vez habituada la vista al lugar, pudieron observar que repartidas por el suelo existían extraños bultos. La luz parpadeó por la estancia dejando a la vista unos repujados candelabros con velas de amarillenta cera.
–Qué oscuro está esto. Seguro que este lugar fue el refugio de algún perseguido durante la guerra –concluyó Ana.
Ya con la habitación iluminada por los candelabros encendidos, vieron que los bultos eran cajas de madera que apenas se sostenían por la humedad. Se pusieron a abrirlas con mucho cuidado pues cada toque que hacían en la madera, ésta se destrozaba y caía a pedacitos, húmedos y malolientes. Encontraron diversos objetos; ropa de otra época, zapatos con relucientes hebillas, y todo tipo de cachivaches, más zapatos y ropas; pero lo que más les llamó la atención fue varios puñales y una descomunal espada. Aquellos lucían la herrumbre por todos lados. La espada era preciosa, con un mango de marfil tallado y lleno de joyas, el mango tenía la forma de una serpiente con ojos de rubí. Dejaron la espada a un lado y siguieron mirandolo todo. Las cajas estaban repartidas de forma irregular por todo el habitáculo y tenían que ir sorteándolas para poder andar.
–¡Agh! ¡Qué sucio está todo! –Alicia hablaba con voz de catarro pues tenía la nariz apretada con los dedos para no respirar esa atmósfera.
–Si, me huele al armario de mi tía cuando lo vacía para sacar la ropa de invierno –Ana dijo estas palabras riéndose; su tía era de esas personas que nunca tiran nada, lo guardan todo, incluso la ropa que ya no usa desde hace muchos años.
Lo más urgente era encontrar la manera de volver a abrir la dichosa compuerta. Miguel, en su afán de búsqueda, al rodar una de las cajas, observó que oculta bajo ella existía una trampilla que disponía de una argolla con un pasador de hierro. Estaba oxidado y no encontraban forma de hacerlo rodar, ni siquiera haciendo palanca con la pesada espada. Miguel sacó una pequeña navaja del bolsillo y con ella raspó la herrumbre del pasador y presionando de nuevo con la espada, lograron hacerlo ceder. Quedó abierta la trampilla y del fondo ascendió una luz azulada y tintineante, lo que les hizo pensar que al lugar llegaba la luz del sol.
Cogidos de la mano y tomando todo tipo de precauciones, descendieron por una angosta pendiente. Al alcanzar la parte baja comprobaron que se trataba de un pasillo con un pequeño tragaluz que daba a algún patio del viejo convento. El techo era abovedado y los desniveles de las piedras del suelo hacía difícil andar. Las verdosas paredes sudaban con la humedad y desde la comisura de los bloques nacían extrañas plantas casi transparentes que reptaban en difícil equilibrio. Pero lo que les alegraba era haber encontrado un lugar con una posible salida, pues ya se les estaba haciendo tarde y debían llegar a sus respectivos domicilios; en caso contrario provocarían el disgusto de la familia y la consabida pena por no cumplir lo prometido.

martes, enero 03, 2006

El viejo convento: capítulo III (página 6)



–¿Creen ustedes que lo que dice Don Adolfo de esta zona puede ser verdad? ¿Que estos restos de piedra del convento tienen algo que ver con la orden de los Templarios? – preguntó Ana.
–No lo creo –contestó Adrián. La cruz de la loma está bastante lejos de aquí, y si fuera así, ¿no les parece que ya estaría descubierto?
–Desde luego, contestaron los otros. Pero es que da la impresión de que no le hacen mucho caso a los restos encontrados. Don Adolfo tiene razón, a veces los historiadores y arqueólogos están ciegos y no ven lo que tienen delante. Miguel se levantó, mirando el reloj y sacudiéndose la hierba de los pantalones.
–Bien, ahora hay que pensar qué les vamos a decir a nuestros padres.
Se pusieron a maquinar cómo engañarlos, pues al no llevar pesca podrían sospechar y llegar a la conclusión de que no habían estado en el riachuelo de siempre. En el fondo no querían provocarles un enfado. Ana tuvo una buena idea y la expuso con resolución.
–Les diremos que la pesca nos fue mal y que los pocos peces que cogimos los devolvimos otra vez al riachuelo.
Cuando se disponían a partir y ya estaba todo recogido, el sol se ocultó. Una inmensa nube negra cubrió el cielo; y a unas pocas gotas primero, siguió casi de inmediato una cortina de agua que, en cuestión de segundos, les empapó. Salieron corriendo para guarecerse entre los muros del convento. Al acercarse más a la pared de piedra, descubrieron un hueco oculto tras unos arbustos y allí se metieron los cuatro. El hueco tenía el aspecto de las garitas en las que los centinelas vigilan las inmediaciones de algún cuartel. Miguel retrocedió hasta el fondo para hacerles sitio a los demás, pero de pronto, al poner su mano en la pared, una de las piedras cedió, y tras un zumbido se deslizó hacia dentro. El suelo se abrió de improviso bajo sus pies tragándoselos a los cuatro.

lunes, enero 02, 2006

El viejo convento: Capítulo III (página 5)

El Convento

Alicia, Miguel y Adrián tenían 15 años y Ana pronto cumpliría los 14. Ana era rubia, esbelta, pecosa y de ojos pequeños y azules; tenía un temperamento inquieto e investigador, todo lo quería ver, comprobar; ya había roto varios relojes en su casa para enfado de su madre que manifestaba "no saber cómo meterla a camino".
El pelo de Alicia era castaño, al igual que su hermano gemelo, de ojos marrones encendidos y medio regordeta, con una nariz respingona y graciosa.
Adrián se parecía bastante a Miguel, espigado y fortachón.
Al llegar al lugar, después del pequeño bosque, encontraron, escondido entre flores y árboles de exuberantes copas, el convento o lo que quedaba de él, escombros y muros derruidos. El sitio a simple vista no ofrecía peligro y acordaron decirles a sus padres que habían acudido a pescar. En las inmediaciones de las ruinas empezaron a jugar y a corretear despreocupados.
Ana pronto dejó el juego y se dedicó a observar los grabados de unas piedras que permanecían semiocultas y desparramadas en lo que fue la entrada del convento, mientras los demás seguían correteando. Los bajorrelieves representaban a figuras humanas talladas en la roca. Aunque los líquenes apenas dejaban divisar los contornos de las esculturas, se evidenciaban formas, como la de los santos de las viejas catedrales que habían visto en los libros de historia y arte. Ana se emocionó, siempre había soñado con ser arqueóloga y ahora fingía haber encontrado restos de una antigua civilización perdida en el tiempo. Los chicos habían aprovechado unas ramas secas, las habían liado con hojas y conseguido una abombada pelota con la que se pusieron a jugar al fútbol.
Mientras tanto, Alicia preparaba los bocadillos y disponía los refrescos encima de un mantel a cuadros rojos. Lo extendió sobre una piedra plana y casi cuadrada que encontró en el patio del convento. Sobre el mismo, como si de la mesa de su casa se tratara, dispuso los bocadillos, los vasos de plástico al lado de los refrescos e incluso, llegó a colocar cuatro servilletas.
Después de disfrutar de la comida se quedaron sentados recordando las palabras del profesor de latín, Don Adolfo.

domingo, enero 01, 2006

El viejo convento:Capítulo II (página4)

El día, que despertó radiante, se había encapotado caprichosamente a lo largo de la mañana.. De improviso unas nubes negras cargadas de lluvia cubrieron el cielo. Provenían del norte y junto con ellas venían remolinos de viento. La excursión se podía estropear.
Vivían a las afueras del pueblo. En una casa con un hermoso jardín que la rodeaba. En época de vacaciones, desde que tenían uso de razón, recordaban acudir todos los sábados a un riachuelo que discurría cerca de su casa, pero ahora, con más edad, el lugar para visitar estaba un poco más lejos.
Se levantaban temprano, recogían sus respectivas habitaciones y ayudaban a su madre a repartir en la mesa el desayuno para todos. Su hermano menor, Memo, al que llamaban así porque su nombre, Guillermo, era difícil de pronunciar sobre todo por él mismo, se cogía una perrera todos los sábados porque deseaba ir con sus hermanos, pero era demasiado pequeño para que sus padres se lo permitieran.
Su madre, como de costumbre, les preparó unos bocadillos de tortilla y unos refrescos; el padre les proporcionó la carnada y les prestó las cañas de pescar, no sin la consabida retahíla de que debían cuidarlas.
El riachuelo discurría plácidamente en una zona llana y carecía de peligro pues apenas alzaba un metro de profundidad. Esta seguridad en la falta de peligro hacía que los padres de Alicia y Adrián consintieran, sin ningún problema, en esta excursión de fin de semana. Lo que sí les hacían prometer era que estarían en casa al menos a las siete de la tarde. Si llegaban con retraso, como castigo la próxima semana no habría excursión.
Los dos se encontrarían luego, a la altura de la loma, donde estaba la vieja cruz con la otra pareja de hermanos de su misma edad: Miguel y Ana que vivían en los alrededores de aquel hermoso paraje. Eran amigos desde pequeños y se profesaban auténtico afecto.
Eran las 11 de la mañana y el día seguía encapotado con unas nubes gordas y negras que apenas dejaban pasar unos tímidos rayos de sol. La lluvia había cesado y el campo estaba empapado.
Llamaron por teléfono a Miguel y Ana y les propusieron cambiar de planes. Hoy no irían a pescar, pues se había hecho demasiado tarde, pero acudirían hasta las viejas ruinas de un antiguo convento que permanecían ocultas detrás de un pequeño bosquecillo. El convento había sido desalojado durante la I Guerra Mundial y poco más sabían sobre aquella edificación derruida. Sus padres les habían prohibido que se acercaran al lugar, si bien nunca les explicaron los motivos de su temor. Éste secretismo por parte de sus padres le ponía algo más de morbo a las expediciones de los sábados.

sábado, diciembre 31, 2005

El viejo convento: Capítulo II (página 3)

La excursión

Se fueron a la cama con una agitación fuera de lo normal. Hoy era el primer día de vacaciones y mañana se reunirían con sus queridos amigos Miguel y Ana e irían de excursión donde todos los años: a una campiña que se encontraba situada a unos pocos kilómetros de su casa.
Habían pasado la tarde preparándolo todo: las mochilas, las cañas de pescar y la caseta de campaña. Su madre les prepararía la comida por la mañana. Adrián y Alicia no podían conciliar el sueño pensando en la excursión. Alicia salió furtivamente de su habitación y entró en la de su hermano.
–¿Duermes, Adrián? –preguntó con voz sigilosa.
–No, pasa y siéntate aquí –dijo Adrián señalando la cama.
Eran unos gemelos idénticos de quince años. Adrián era un poco más alto que Alicia pero sólo se distinguían por el largo pelo de ella.
–No puedo dormir pensando en si llevamos todo lo necesario.
–Ya ha sido un logro tremendo que este año papá nos permita ir de acampada –contestó Adrián. Con eso de que nos estamos haciendo mayores, las posibilidades para divertirnos van menguando
–Bueno, eso tiene fácil explicación, ya que si los padres de Miguel y Ana no hubiesen consentido, nosotros tampoco iríamos.
–Si, y si supieran cuanto te gusta Miguel, seguro que tampoco –Adrián se burlaba de su hermana, pero siempre con un tono cariñoso y protector.
La teoría del entendimiento entre hermanos gemelos, se confirmaba en ellos; el estado de ánimo de uno era una copia exacta del otro. Adrián y Alicia tenían muy claro que sus mentes, con sus gustos y deseos, estarían unidas de por vida, llevasen la vida que llevasen, e incluso cuando se hicieran mayores y por separado, cada uno con una familia, siempre serían uno, una mente.
–Bien –dijo Alicia bostezando. Creo que me está entrando sueño y voy a aprovecharlo.
–Hasta mañana Adrián.
Diciendo esto abandonó la habitación y llegó a la suya. Se metió entre sábanas y pronto quedó vencida por el sueño.

viernes, diciembre 30, 2005

El viejo convento: Capítulo I (página 2)

Don Adolfo, el profesor de latín, con aire distraído y la melena revuelta, recorre el pasillo con las manos llenas de papeles. Los chicos le llaman “El viejo” cariñosamente, pero apenas ronda los 52 años. Para él, este curso ha sido como los anteriores, metido de lleno en su asignatura luego en sus ratos libres, su investigación particular de la leyenda local que lo tiene totalmente absorbido.
Ayer, antes de terminar la clase, les recordó a los muchachos, por enésima vez, que este pueblo debería ser una reliquia para los historiadores pero que éstos, en su ignorancia, no daban mucho crédito a las señales dejadas aquí. Señales claras y contundentes que “otros más listos”, palabras textuales de Don Adolfo, verían enseguida. Los alumnos lo escuchaban atentos y con respeto pero sin hacerle mucho caso, desesperados porque sonara el dichoso timbre que hiciera acabar la clase. Sólo tres de ellos lo escuchaban expectantes, atentos y con ilusión. Miguel, Adrián y su hermana gemela, Alicia. Ana, la hermana de Miguel estaba un curso inferior pero también participaba de las mismas ilusiones que los demás.
El ansiado timbre sonó y como una desbandada salieron del instituto cientos de chiquillos corriendo y chillando.
–¡Vacaciones, vacaciones! –chillaban unos, corriendo hacia los coches donde los esperaban sus padres.
–¡Verano, verano! –canturreaban otros.
–¿Por fin vamos este sábado de excursión? –preguntó Miguel a Alicia cuando los cuatro estuvieron reunidos en los bancos de la plaza–.
Para ninguno era un secreto que Alicia y Miguel sentían un apego especial el uno por el otro. Aprovechaban los momentos para cuchichearse cosas y secretos, pero era sólo eso, un juego infantil de noviazgo prematuro. Buscaban los ratos en que estaban ellos dos solos, cosa muy rara porque siempre andaban los cuatro juntos, para lanzarse miradas con las que se decían lo mucho que se gustaban y lo bien que se lo pasaban los dos.
–¿El sábado? –Cada vez que Miguel la miraba de frente ella se ponía colorada y hacía grandes esfuerzos por no tartamudear–. No se…¿qué hacemos Ana? ¿vamos?
–Si, claro, ¿por qué no? –contestaron los demás. Quedamos el sábado por la mañana, como siempre –terminó diciendo Adrián.
Se levantaron y cargaron con sus mochilas. No las abrirían hasta unos pocos días antes de comenzar de nuevo el curso para renovar el material.
–¡Bueno, hasta el sábado entonces! –les gritaron ya corriendo Alicia y Adrián.

El viejo convento: Capítulo I (página 1)

El pueblo está situado en el centro de un hermoso valle circundado por un manso río, cuyos afluentes y riachuelos lo atraviesan bajo pequeños puentes de madera. Las casas, la mayoría, retocadas y repintadas, lucen alineadas a lo largo de una única calle. Es un lugar apacible y lleno de encanto.
Sus habitantes viven orgullosos de la historia local, con más categoría de leyenda que de historia real. Los más viejos del lugar mantienen que sus padres les contaron, que sus abuelos decían y que a su vez sus bisabuelos daban por hecho que en este valle había tenido lugar un suceso importante, un hecho, no demostrado pero creído por todos. Afirman que cientos de años atrás, los últimos caballeros de la Orden del Temple, perseguidos por las huestes de Felipe el Hermoso y ayudado por el codicioso papa Clemente V, ambos envidiosos del poder que habían adquirido los Monjes del Santo Sepulcro, los intentaron exterminar y tuvieron que huir. La leyenda cuenta que se refugiaron en las proximidades del valle. Nunca encontraron nada que lo demostrara pero allí, sobre la loma que abarca el valle, permanecen aún los restos de lo que en tiempos fue una cruz de piedra. Sólo queda un largo pie de roca esculpida, pero a su alrededor aún yacen esparcidos los restos que conformaron la ahora descarnada cruz. En la peana que la sostiene, puede leerse una enmohecida frase: “Da gloria, no para nosotros, señor, no para nosotros sino para tu nombre”
Cuando algún visitante se acerca al pueblo, sus habitantes no pierden ocasión de comentarles el hecho de ser una localidad importante.
– ¿Sabía usted que por aquí pararon los templarios? –decían unos.
–En algún lugar escondido deben haber dejado un valioso tesoro en joyas y piedras preciosa, arcones llenos de perlas y monedas –alegaban otros.
Hoy, último día de clase en el instituto, el alboroto es igual al de todos los años. Los pasillos con chicos y chicas corriendo, de las clases sale música estruendosa, y los profesores en su sala esperan a que el timbre suene para liberarse de la agonía que ya dura nueve meses. El curso se ha hecho eterno pero el verano está ahí mismo ya.